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lunes, 21 de mayo de 2012

¿Fueron los perros los que ayudaron al 'Homo sapiens' a dejar fuera de la competencia a los neandertales?

Foto: Pedro Jorge Henriques Monteiro

Vía: The Atlantic.com | Megan Garber | 14 de mayo de 2012 (Traducción: G.C.C. para Terrae Antiqvae)

Uno de los más convincentes -y duraderos- misterios de la arqueología se refiere a la aparición de los primeros seres humanos y el declive de los neandertales. Hace alrededor de unos 250.000 años los neandertales vivieron y evolucionaron, con bastante éxito, en el área que ahora es Europa. Y en algún momento, entre hace 45.000 y 35.000 años, los primeros humanos llegaron a la misma zona.

Los Homo sapiens proliferaron en su nuevo entorno, su población se incrementó por diez en los 10.000 años siguientes a su llegada; mientras tanto, los neandertales declinaron y finalmente desaparecieron.

¿Qué pasó? ¿Qué es lo que salió tan mal a los neandertales y qué fue lo que nos salió tan bien a nosotros, los humanos?

La causa, según algunas teorías, pudo haber sido el medio ambiente: la decadencia de los neandertales sería un subproducto -¡caramba!- del cambio climático. Puede haber sido social, pues los humanos modernos desarrollaron la capacidad de cooperar y se valieron de las ventajas evolutivas de la cohesión social. Puede que haya sido tecnológica, pues los seres humanos simplemente desarrollaron herramientas más avanzadas y armas de caza que les permitían conseguir alimentos, mientras que sus homólogos, menos cualificados, pasaban hambre incesantemente.

Sin embargo, los investigadores de la Universidad de Cambridge, Paul Mellars y Jennifer French, tienen otra teoría. En un artículo publicado en la revista Science, concluían que "la supremacía numérica por sí sola pudo haber sido un factor crítico" en el dominio humano, simplemente desplazando a los neandertales.

Ahora, en un análisis publicado en American Scientist, la antropóloga Pat Shipman realiza una aportación sobre ese trabajo. Después de analizar el artículo de Mellars y French, y compararlo con la literatura existente, Shipman ha llegado a una conclusión intrigante: que la buena salud evolutiva, en términos comparativos, de los seres humanos se debió a la domesticación de los perros.

Sí. El mejor amigo del hombre, sugiere Shipman, también pudo haber sido el mejor amigo de la humanidad. Los perros podrían haber sido la tecnología que permitió a los primeros seres humanos prosperar.

Shipman analizó los resultados de las excavaciones de huesos fosilizados de cánidos en Europa durante el tiempo en que los seres humanos y los neandertales coincidieron. En su conjunto, ellos proporcionan algunas evidencias convincentes de que los primeros seres humanos, en primer lugar, participaron en rituales de adoración al perro. Los esqueletos de cánidos de hace 27.000 años encontrados en Predmostí, en la República Checa, muestran la disposición de un pristíno entierro ritual. Marcas y agujeros en dientes de cánidos hallados en el mismo lugar (izquierda) sugieren que los primeros seres humanos utilizaron esos dientes como adornos, y la gente del Paleolítico, subraya Shipman, rara vez hacía adornos de animales que utilizaban simplemente para comer. También está el hecho, más periférico, de que, al igual que los seres humanos, los perros rara vez están representados en el arte rupestre; una posible sugerencia de que los pintores rupestres podrían haber considerado a los perros no como a los animales de caza que tendían a representar, sino como compañeros de viaje.

Shipman especula que la afinidad entre seres los humanos y los perros se manifestó principalmente en la forma en que se haría durante muchos miles de años: en la caza. Los perros ayudaban a los humanos a identificar a sus presas; pero ellos también trabajarían, según la teoría, como bestias de carga, jugando el mismo papel para los primeros seres humanos que el que jugaron para los Pies Negros y los Hidatsa del oeste americano, los cuales criaron perros grandes y fuertes específicamente para transportar paquetes atados en ellos (los perros del Paleolítico eran grandes, para empezar: tenían, según sugieren sus esqueletos, una masa corporal de al menos 31,5 kg., y una altura al hombro de por lo menos 60 cm., lo que que les permitía ser, como mínimo, del tamaño de un moderno "pastor alemán"). Dado que el transporte de cadáveres de animales era una tarea de intensa energía, conseguir que los perros hicieran ese trabajo significaba que los seres humanos podían concentrar sus energías en actividades más productivas: cazando, recolectando y reproduciéndose.

El posible resultado, afirma Shipman, fue un círculo virtuoso de cooperación: uno en el que los seres humanos y sus amigos caninos se hicieron más fuertes, conjuntamente y a lo largo del tiempo.

Hay también otro aspecto interesante -lleno de conjeturas- en la teoría. Podría ser, según sugiere Shipman, que los perros representasen mucho más que una tecnología de acompañamiento para el hombre del Paleolítico. Podría ser que su estrecha cooperación trajera consigo sus propios efectos sobre la evolución humana, de la misma manera que la domesticación del ganado llevó a los seres humanos a desarrollar la capacidad de digerir la leche. Shipman apunta a la "hipótesis de los ojos cooperativos", la cual se basa en la observación de que, en comparación con otros primates, los humanos tienen la esclerótica muy visible (la parte blanca de los ojos). Para objetivos de caza en solitario, la esclerótica representan una clara desventaja: no sólo tus molestos ojos blancos tienden a destacar contra el fondo oscuro de un bosque o una roca, regalando tu ubicación, sino que también revelarán la dirección de tu mirada. Es difícil ser un cazador cauteloso cuando tus ojos están constantemente quitándote el sigilo.

Los ojos expresivos, sin embargo, a pesar de su desventaja competitiva, tienen una gran cosa a su favor: son excelentes en la comunicación. Cuando los primeros seres humanos cazaban en grupos, "los ojos cooperativos" les pudieron permitir "hablar" entre sí, en silencio, y, por lo tanto, con eficacia: los ojos, como ventanas del alma, son también una ventaja evolutiva. Y, a su vez, pudieron haber dado lugar a un impulso más arraigado hacia la cooperación. En los bebés humanos, los estudios han demostrado que siguen la mirada de forma automática, cuando la conexión se realiza. El contacto visual es una segunda naturaleza para nosotros; es un rasgo que nos hace únicos respecto a nuestros compañeros primates.

Los perros, no obstante, también reconocen el poder de la mirada. En un estudio realizado en la Universidad Central Europea, Shipman señala que "los perros funcionan como los niños humanos, siguiendo la mirada de quien les habla en pruebas en las cuales la cabeza del hablante se mantiene parada". Los seres humanos y sus mejores amigos comparten una afinidad por el contacto con los ojos, y somos claramente únicos en esa afinidad. Hay una posibilidad, dice Shipman -aunque hay mucho más trabajo por hacer antes de que esa posibilidad pueda convertirse incluso en una hipótesis- de que nosotros hayamos desarrollado evolutivamente esa afinidad juntos.

"Ningún estudio genético ha confirmado todavía la prevalencia o ausencia de la esclerótica blanca en los seres humanos modernos del Paleolítico o en los Neandertales", señala Shipman. "Pero si la mutación de la esclerótica blanca ocurrió con más frecuencia entre los primeros -tal vez por casualidad- esta característica podría haber mejorado la comunicación humano-perro y promovido la domesticación".

Lo cual es otra manera de decir que, a medida que los perros fueron una tecnología evolutiva, ellos pudieron haber sido una tecnología que nos cambió para mejor. El viejo axioma -damos forma a nuestras herramientas, y después nuestras herramientas nos moldean- puede ser tan antiguo, y cierto, como la humanidad misma.
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Estamos, como vemos, ante otra teoría novedosa tendente a explicar, como un factor más, la causa de la desaparición de los neandertales.

A mí, la verdad, no me convence, por más que resulte muy sugestiva en apariencia. Hay que tener en cuenta que las dataciones que se dan para esos posibles perros prehistóricos domesticados son muy tardías (unos 32.000 años B.P.) respecto a la desaparición de los neandertales, los cuales alrededor de esos años ya estaban en plena decadencia o desaparición. Por tanto, es muy dudoso que el perro haya resultado una herramienta tecnológica competitiva (a la hora de cazar, por ejemplo) que favoreció su eliminación.

Y eso sin tener en cuenta de que no hay nada que impida pensar que los neandertales también pudieron haber tenido perros domesticados (aun cuando el registro fósil no los encuentre asociados todavía). Al fin y al cabo, desde el punto de vista genético se considera que la separación entre el lobo y el perro sucedió hace unos 100.000 años, es decir, un tiempo suficiente para que los neandertales pudieran haber experimentado con la crianza y domesticación de los perros.

En consecuencia, si los perros resultaron una ventaja competitiva fue a posteriori de los neandertales. Resultaron, como se dice, una tecnología nueva añadida a las ya disponibles de cara al futuro. Máxime cuando con el tiempo, y a través de los distintos cruces, pudieron conseguirse variedades perrunas especializadas en distintas actividades y objetivos.

http://terraeantiqvae.com