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viernes, 13 de abril de 2012

LA FE DE JESUS



 Hasta no hace muchos años pensaban los teólogos que Jesús durante su vida terrena lo sabía todo, lo pasado, lo presente y lo futuro; conocía todas las ciencias, todas las técnicas, todos los inventos que se iban a realizar a través de la historia. Conocía personalmente a todas las personas del mundo, sus problemas y sus pensamientos. Decían que Jesús no ignoraba nada y que cuando durante su vida demostraba no saber algo era solamente porque él disimulaba para poder así enseñarnos.

 Pero en estos últimos tiempos, en los que tanta gente se ha dedicado a estudiar en serio la Biblia, hemos sabido aceptar en su profundidad la realidad que muestran los Evangelios: que Jesús fue un hombre completo, y que, como todo hombre, él no lo conocía todo, y, por consiguiente, estuvo siempre en actitud de búsqueda y de aprendizaje, y tuvo dudas en su caminar, crisis y tentaciones.

 Esto no dice nada en contra de su divinidad. Justamente el que Dios quisiera hacerse hombre completo, con todas sus consecuencias, es una de las asombrosas maravillas de su amor hacia nosotros.

 La humanidad de Jesús no pudo ser una comedia o una farsa. Y ello sería así si Jesús lo hubiera conocido absolutamente todo. Jesús, como hombre, tenía que poder crecer en sabiduría y tenía que tomar sus propias opciones con libertad y dolor. El tomó sobre sí todas las consecuencias de su encarnación, como, por ejemplo, la ley de la maduración humana; y todas las consecuencias de nuestro pecado, como la ignorancia y las tentaciones; sólo que él jamás pecó (Heb 4,15). Si no fuera así, su pasión y su muerte no hubieran sido verdaderas.

 Pero Jesús vivió una humanidad con mucha más profundidad que cualquiera de nosotros. Y en su humanidad encontró como lo más íntimo de sí mismo al propio Dios. Jesús se sabe unido al Padre con una intimidad total y desconocida para nosotros. En su vida y en su conducta no hay otra razón de ser que el Padre.

 Fijémonos por el momento en cómo los evangelistas presentan a Jesús compartiendo el saber cultural de sus contemporáneos. No tienen miedo en afirmar que "Jesús iba creciendo en saber, estatura y en el favor de Dios y de los hombres" (Lc 2,52). Jesús pregunta con frecuencia para enterarse de lo que no sabe; ignora el día del juicio; sufre tentaciones; duda del camino a seguir; cambia de modo de proceder; pide que la muerte se aleje de él. Nada de ello se presenta como fingiendo, sino totalmente real. No hay razón alguna para negar que aprendió realmente de sus padres, de su pueblo, de su cultura. Aunque él transformará y dará una profundidad insospechable a toda la gran riqueza de su pueblo.

 Según lo presentan los Evangelios, Jesús aprende continuamente nuevas cosas y hace nuevas experiencias que le sorprenden, siempre a partir de las ideas de la cultura de su pueblo. Sin duda alguna él pasó por un proceso histórico de aprendizaje.

 Tiene además, a veces, como todo humano, crisis de identificación: dudas de quién es él y qué debe hacer; aunque todo ello envuelto en una profunda fe en la voluntad providente del Padre.

 Hasta tuvo que reconocer que el Reino de Dios, por causa de la dureza del corazón de sus oyentes, no llegaría tan rápidamente como él había pensado al principio de su predicación.

 Todo esto se explica algo dentro del misterio sabiendo que Jesús tenía una conciencia humana distinta a la conciencia del Verbo de Dios. Si las dos conciencias fueran la misma, el Verbo estaría dirigiendo siempre la realidad humana de Jesús, que se convertiría entonces en algo meramente pasivo. La conciencia humana de Jesús no era como un doble de la conciencia divina. En realidad su autoconciencia humana se relacionaba con Dios en una distancia de criatura, con libertad, obediencia y adoración, lo mismo que cualquier otra criatura humana, aunque con una profunda conciencia de cercanía radical respecto a Dios.

 Creer que el Jesús histórico conocía todo, sería confundir su vida terrena con su vida gloriosa de resucitado. No se pueden atribuir al Cristo terreno cualidades que son sólo del Cristo glorioso.

 Pero sí podemos afirmar que Jesús tuvo durante su vida momentos de particular claridad y experiencias de profundidad inaudita y de una apertura única al misterio de la creación y la vida. El  recibió como regalo de Dios el conocimiento profético necesario para llevar a cabo su misión. Como revelador, tuvo un conocimiento totalmente único del misterio de Dios y de su plan de salvación. Jesús hombre, vivía con Dios en una proximidad y una amistad insospechadas hasta entonces.

 Resumiendo: Cristo en su experiencia terrena tenía dos clases de ciencia: Un saber adquirido en relación con la cultura de su época, y un conocimiento profético, como don de Dios, que le capacitaba para cumplir a la perfección su misión de revelador del Padre. El campo del conocimiento profético estaba delimitado por el de esta misión suya.

JL.Caravias.- Un Largo Camino a Casa