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miércoles, 11 de abril de 2012

Consumismo espiritual en una época de cambio social



La expansión espiritual que progresivamente se constata en muchas personas y en micro-comunidades de oración, reflexión, solidaridad y servicio permanente (muchas y silenciosas) da cuenta de la necesidad de dar respuestas diferentes y amplificadoras ante una realidad que camina en una dirección en apariencia opuesta.

Este escenario de escepticismo se manifiesta con fuerza en el mundo el movimiento de los indignados, y en Chile se revela en la alta adhesión ciudadana a los sueños y objetivos del movimiento estudiantil. Siguiendo la idea de la adhesión a estos movimientos que buscan generar más libertad, oportunidades igualitarias y justicia, existen dos caminos individuales complementarios de desarrollo: sumarse al movimiento social poniendo el acento en la generación de fuerza colectiva para provocar cambios sociales o concentrarse en un trabajo personal silencioso de automaestría, en la certeza que progresivamente mi acción efectiva comenzará a irradiar y despertar la conciencia de quienes viven la vida en piloto automático.


 Es como convertirme en un pequeño punto de luz, que luego se sumará a otros puntos de luz, para emerger en una luz mayor y clarificadora.

 Reitero que son vía complementarias e incluyentes, no obstante lo social se articula desde lo individual tras la construcción de un nosotros con sentido compartido. La actual mayoría de personas parece estar descreída de lo Superior en la acción, con un énfasis egoico e individualista muy marcado, viviendo una realidad insatisfactoria en lo interior, aunque pueda estar revestida del cumplimiento de los estándares socio-culturales externos, con relaciones sociales marcadas por la instrumentalización de los otros para el logro de los propios fines (más que por vínculos profundos y amorosos) y por una clase política y dirigente más guiada por servirse a sí mismos que a sus representados, cómodos en el poder y sus beneficios, traicionando el principio básico de representatividad y diálogo con sus poderdantes, esos que los eligieron creyendo en sus promesas de mirada social, bien común y equidad en el acceso a las oportunidades como mecanismo básico de la meritocracia y la posibilidad de avanzar y crecer con mejores opciones basado en el esfuerzo personal.
En este tiempo observo un significativo número de personas que, movidas por su necesidad de lograr una vida con sentido, comienzan a consumir indiscriminadamente prácticas y técnicas espirituales que prometen la evolución y la iluminación. La necesidad es tan sentida y profunda que no siempre se examina con rigor las metodologías que se vivirá o aprenderá ni sus efectos ventajosos y nocivos.

En muchas ocasiones se opera desde la necesidad de creer en algo o querer ciegamente que “esa” técnica funcione y traiga los beneficios de la evolución personal, la supresión del dolor, la consolidación de felicidad duradera o el asentamiento de una convivencia armónica. Es decir, a la base del consumismo espiritual existe una intención positiva de lograr integración e integridad humanas. Los motivadores de la búsqueda espiritual suelen ser honestos, profundos, positivos, transpersonales e intensamente anhelados.

Esta intención positiva puede derivar en búsquedas centradas o descentradas. Mirando las segundas, veo que este consumismo espiritual, sin una base psicológica trabajada en lo afectivo, corporal y cognitivo que se haya hecho cargo de elaborar las dificultades que todos llevamos, tiene el riesgo de generar una conducta adictiva. Es decir, en vez de enfrentar las causas de fondo de la angustia existencial o los traumas de la propia historia, se aplican remedios paliativos de ella, traducidos en cursos, talleres y prácticas de muchas técnicas sanadoras. El problema no está en las técnicas en sí mismas ni es posible evaluar su efectividad si la persona no es el terreno fértil para que la metodología haga su trabajo con efectividad.

Observo también que un número de estas personas padecen de patologías neuróticas graves o trastornos limítrofes de personalidad. Estas técnicas, benéficas en sí mismas, operan como amplificadores de la patología de estas personas, alejándolas de las respuestas y la automaestría.
Esto tiene un par de consecuencias graves. Primero, las personas se comienzan a considerar a sí mismas como seres evolucionados sin haber trabajado su sombra (como diría Jung) y asumen posición y actitud de gurú, consejero o consultor de vida, repartiendo soluciones y consejos sobre qué deben hacer otros en la vida.

Segundo, empiezan a usar un lenguaje espiritual, una actitud cercana, una sonrisa permanente y un tono sanador. Es una actitud incompleta, bien intencionada pero poco evolucionada, un comportamiento pseudo espiritual. Si bien la patología de esas personas en ocasiones nos hace caer en sus redes de seducción y es difícil tomar distancia para ver el fondo, existe una señal que no falla respecto de la credibilidad de su mensaje: comprobar si en los actos y en su vida encarnan lo que predican.

La credibilidad se gana con coherencia entre el discurso y la acción. La incoherencia es señal de que algo no funciona y levanta una alerta importante respecto de la coherencia de la persona y lo que enseña. Este es el límite entre las técnicas y personas serias en metodologías espirituales y las que no, las que han hecho el camino y las que lo aprendieron como receta mental sin llevarlo a su vida, entre los creíbles y los chantas.
Lo grave es que mucha gente en búsqueda sigue a estos gurús incompletos y desencarnados (no encarnan en su comportamiento lo que enseñan) y desperdician una intención positiva y una oportunidad de aprendizaje verdadera. Muchos se pierden tras técnicas que no resultan ser efectivas, por lo que se multiplica el efecto desorientador y se profundiza la crisis de sentido del buscador de evolución y armonía.

Cada vez que oigo a alguien con lenguaje espiritual altisonante y alambicado, dando consejos y asumiendo posturas de superioridad espiritual, me agarra una desconfianza feroz. El chequeo es fácil: es cosa de mirar sus comportamientos cotidianos para ver si encarnan lo que dice. El testeo de si existe trabajo e integridad personal se prueba en los límites, es decir, en la forma en que manejan los conflictos, en cómo gestionan la ira, la impulsividad y las emociones tóxicas, en cómo resuelven los ataques de negatividad de los otros y en comprobar si el centro de su vida está en su GPS interior desde la actitud del protagonista, alejados de cualquier victimización, externalización de responsabilidades y autocompasión.

Si pasan esas pruebas ácidas en su comportamiento observado, están en la senda sana de la automaestría, diferente del lenguaje y el sobreconsumo espiritual patológico y evitador de los problemas de uno mismo.
Ojo con la cáscara espiritual. Lo importante es el fondo. Los evolucionados casi siempre son silenciosos, comunes y corrientes, y alejados de la parafernalia, guiándose por la máxima de “saber, hacer, osar y callar”.
Ignacio Fernández