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martes, 27 de marzo de 2012

Los sentidos como umbrales del alma. Sabiduría Celta


Durante mucho tiempo hemos creído que lo divino está fuera de nosotros. Llevados por esta convicción, hemos tensado nuestros anhelos hasta un grado desastroso.
 Es una gran soledad, ya que es el anhelo humano lo que nos vuelve santos. El anhelo es lo más bello que hay en nosotros; es espiritual, posee profundidad y sabiduría. Si lo en­focas en una divinidad remota, lo sometes injustamente a una tensión. Así, sucede que el anhelo busca lo divino, pero el exceso de tensión lo obliga a replegarse sobre sí mis­mo en forma de cinismo, vacío o negativismo. Así se puede destruir una vida hermosa. Pero no es necesario someterlo a tensión alguna. Si creemos que el cuerpo está en el alma y que ésta es un lugar sagrado, la presencia de lo divino está aquí, cerca de nosotros.

Por estar el cuerpo dentro del alma, los sentidos son los umbrales hacia ella. Cuando tus sentidos se abren por primera vez al mundo, la primera presencia que encuen­tran es la de tu alma. Ser sensual o sensorial es estar en pre­sencia de la propia alma. Wordsworth, quien conocía la dignidad de los sentidos, escribió que «el placer es el tribu­to que debemos a nuestra dignidad como seres humanos». Es una visión profundamente espiritual. Tus sentidos te vinculan íntimamente con lo divino que hay en ti y a tu al­rededor.

 Al sintonizar con los sentidos, puedes devolver flexibilidad a una creencia que se ha vuelto rígida y suavi­dad a una visión encallecida. Puedes abrigar y curar esos sentimientos atrofiados, barreras que nos destierran de nosotros mismos y nos separan de otros. Entonces ya no estamos desterrados de esa maravillosa cosecha de divini­dad que se recoge secretamente en nuestro interior. Aun­que veremos cada sentido por separado, es importante comprender que siempre actúan juntos. Se superponen. Lo vemos en las variadas reacciones ante el color. Esto significa que la percepción del color no es meramente visual.

El ojo es como el alba

Veamos en primer término el sentido de la vista. En el ojo humano, la intensidad de la presencia humana se concen­tra de manera singular y se vuelve accesible. El universo en­cuentra su reflejo y comunión más profundos en él. Puedo imaginar a las montañas soñando con el advenimiento del ojo humano. Cuando se abre, es como si se produjera el alba en la noche. Al abrirse, encuentra un mundo nuevo. Tam­bién es la madre de la distancia. Al abrirse, nos muestra que los otros y el mundo están fuera, distantes de nosotros. El acicate de tensión que ha animado a la filosofía occidental es el deseo de reunir el sujeto con el objeto. Acaso es el ojo como madre de la distancia quien los separa.

Pero en un sentido maravilloso, el ojo, como madre de la distancia, nos lleva a preguntarnos por el misterio y la alteridad de todo lo que está fuera de nosotros. En este senti­do, el ojo es a la vez la madre de la intimidad, ya que acerca lo demás a nosotros. Cuando realmente contemplas algo, lo incorporas a ti. Se podría escribir una bella obra espiritual sobre la santidad de la contemplación. Lo opuesto de ésta es la mirada escrutadora. Cuando te escrutan, el ojo del Otro es un tirano. Te conviertes en objeto de la mirada del Otro de una forma humillante, invasora y amenazante.

Cuando miras algo profundamente, se vuelve parte de ti. Éste es uno de los aspectos siniestros de la televisión. La gente mira constantemente imágenes vacías y falsas; imá­genes pobres que invaden el mundo interior del corazón. El mundo moderno de la imagen y los medios electrónicos recuerdan la maravillosa alegoría de la cueva de Platón.

 Los prisioneros, engrillados y alineados, contemplan la pared de la cueva. El fuego que arde a sus espaldas proyecta imá­genes en la pared. Los prisioneros creen que esas imágenes son la realidad, pero sólo son sombras reflejadas. La televi­sión y el mundo informático son enormes páramos llenos de sombras. Cuando contemplas algo que puede devolver­te la mirada o que posee reserva y profundidad, tus ojos se curan y se agudiza tu sentido de la vista.
Existen personas físicamente ciegas, que han vivido siempre en un monopaisaje de tinieblas.

Nunca han visto una ola, una piedra, una estrella, una flor, el cielo ni la cara de otro ser humano. Sin embargo, hay personas con visión perfecta que son totalmente ciegas. El pintor irlandés Tony O'Malley es un artista maravilloso de lo invisible; en una bella introducción a su obra, el artista inglés Patrick Heron dijo: «A diferencia de la mayoría de las personas. Tony O'Malley anda por el mundo con los ojos abiertos».

Muchos hemos convertido nuestro mundo en algo tan familiar que ya no lo miramos. Esta noche podrías hacerte la siguiente pregunta: ¿Qué he visto realmente hoy? Te sor­prendería lo que no has visto. Tal vez tus ojos han sido re­flejos condicionados que han funcionado todo el día de manera automática, sin prestar verdadera atención ni reco­nocer nada; tu mirada jamás se ha detenido ni prestado atención.
 El campo visual siempre es complejo, los ojos no pueden abarcarlo todo. Si tratas de captar el campo visual total, éste se vuelve indistinto y borroso; si te concentras en un aspecto, lo ves claramente, pero pierdes de vista el con­texto. 

El ojo humano siempre selecciona lo que quiere ver, a la vez que evita lo que no quiere ver. La pregunta crucial es qué criterio empleamos para decidir qué queremos ver y cómo eludimos lo que no queremos ver. Esa estrechez de miras es causa de muchas vidas limitadas y negativas.

Es desconcertante comprobar que lo que ves y cómo lo ves determina cómo y quién serás. Un punto de par­tida interesante para el trabajo interior es explorar la pro­pia manera particular de ver las cosas. Pregúntate: ¿de qué manera contemplo el mundo? La respuesta te permitirá descubrir tus criterios para ver. Hay muchos estilos de visión.

Estilos de visión

Para el ojo temeroso, todo es amenazante. 
Cuando miras al mundo con temor, sólo puedes ver y concentrarte en las cosas que pueden dañar o amenazarte. El ojo temeroso siempre está acosado por las amenazas.

Para el ojo codicioso, todo se puede poseer.
 La codicia es una de las fuerzas potentes del mundo occidental mo­derno. Lo triste es que el codicioso jamás disfrutará de lo que tiene, porque sólo puede pensar en lo que aún no po­see, tierras, libros, empresas, ideas, dinero o arte. 

La fuerza motriz y las aspiraciones de la codicia siempre son las mis­mas. La felicidad es posesión, pero lo triste es que ésta vive en un estado permanente de desasosiego; su sed interior es insaciable. 
La codicia es patética porque siempre la acosa y la agota la posibilidad futura; jamás presta atención al pre­sente. Con todo, el aspecto más siniestro de la codicia es su capacidad para adormecer y anular el deseo. Destruye la inocencia natural del deseo, aniquila sus horizontes y los reemplaza por una posesividad frenética y atronada. Esta codicia envenena la Tierra y empobrece a sus habitantes. Tener se ha convertido en el enemigo siniestro de ser.

Para el ojo que juzga todo está encerrado en marcos inamovibles. 
Cuando mira hacia el exterior, ve las cosas se­gún criterios lineales y cuadrados. Siempre excluye y se­para, y por eso jamás mira con espíritu de comprensión o celebración. Ver es juzgar. Lamentablemente, el ojo que juzga es igualmente severo consigo mismo. Sólo ve las imá­genes de su interioridad atormentada proyectadas hacia el exterior desde su yo. 
El ojo que juzga recoge la superficie reflejada y llama verdad a eso. No posee el don de perdonar ni la imaginación suficiente para llegar al fondo de las co­sas, donde la verdad es paradójica. El corolario de la ideo­logía del juicio superficial es una cultura que se basa en las imágenes inmediatas.

Al ojo rencoroso, todo le es escatimado.
 Los que han permitido que se forme la úlcera del rencor en su visión ja­más pueden disfrutar de lo que son o poseen. Siempre mi­ran al otro con rencor, acaso porque lo ven más bello, inte­ligente o rico que a sí mismos. 

El ojo rencoroso, vive de su pobreza y descuida su propia cosecha interior.
Al ojo indiferente nada le interesa ni despierta. La indi­ferencia es uno de los rasgos de nuestro tiempo. Se dice que es uno de los requisitos del poder; para controlar a los de­más, hay que saber ser indiferente a las necesidades y fla­quezas de los controlados. Así, la indiferencia exige una gran capacidad para no ver. 
Para desconocer las cosas se requiere una energía mental increíble. Sin que lo sepas, la indiferencia puede llevarte más allá de las fronteras de la comprensión, la curación y el amor. Cuando te vuelves in­diferente, cedes todo tu poder. Tu imaginación cae en el limbo del cinismo y la desesperación.

 Para el ojo inferior, los demás son mejores, más bellos, brillantes y dotados que uno. 
El ojo inferior siempre aparta la vista de sus propios tesoros. Jamás celebra su presencia ni su potencial. El ojo inferior es ciego a su belleza secreta. 

El ojo humano no fue hecho para mirar hacia arriba y po­tenciar la superioridad del Otro, sino para mirar hacia aba­jo, para reducir al Otro a inferioridad. Mirar a alguien a los ojos es un bello testimonio de verdad, coraje y expectativa. 
Cada uno ocupa un terreno común, pero propio.

Para el ojo que ama, todo es real. 
Este arte del amor no es sentimental ni ingenuo.
 Este amor es el mayor criterio de verdad, celebración y realidad.
 Según Kathleen Raine, poetisa escocesa, lo que no ves a la luz del amor no lo ves en absoluto.
 El amor es la luz en la cual vemos la luz, aquella en la cual vemos cada cosa en su verdadero origen, natura­leza y destino. Si pudiéramos contemplar el mundo con amor, éste se presentaría ante nosotros pictórico de incita­ciones, posibilidades, profundidad.

El ojo que ama puede seducir el dolor y la violencia ha­cia la transfiguración y la renovación. 
Brilla porque es au­tónomo y libre. 
Todo lo contempla con ternura.
 No se deja atrapar por las aspiraciones del poder, la seducción, la opo­sición ni la complicidad. 
Es una visión creativa y subversi­va.
 Se alza por encima de la aritmética patética de la culpa y el juicio y aprehende la experiencia a nivel de su origen, es­tructura y destino.

 El ojo que ama ve más allá de la imagen y provoca los cambios más profundos. La visión desempe­ña una función central en tu presencia y creatividad. Reconocer cómo ves las cosas puede llevarte al autoconocimiento y permitirte vislumbrar los tesoros maravillosos que oculta la vida.

Un Largo Camino a Casa