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viernes, 2 de marzo de 2012

LAS REDES Y EL "YO"

Todo es interdependiente, está interrelacionado; nada tiene vida por sí mismo. A medida que avanza nuestro ascenso evolutivo, vamos asumiendo el rol de agentes de unidad, nos vamos convirtiendo también en actores de integración, en auspiciadores de interdependencia.

En la medida que crecemos y evolucionamos vamos fomentando nuevos espacios de intercambio ya en lo físico, lo virtual, lo espiritual; vamos posibilitando nuevas y más amplias relaciones; vamos procurando una síntesis humana cada vez más sólida y abarcante.

Consolidar, extender la interrelación
La evolución son círculos que se van engrandeciendo, aros de amor que se van ampliando, corazones que se van reencontrando, el Uno que se va rehaciendo. Poco a poco nos vamos sumando a esa corriente de integración, de acercamiento de lo disperso; nos vamos convirtiendo en co-creadores de la unidad diversa y esplendorosa junto al gran Creador y Sus Celestes Servidores.

La creación sólo tiene la condición del beneficio colectivo. Cuanto creemos deberá de ajustarse a ese principio, o en un momento dado perecerá. Sólo la unidad sincera y engrandecida en su diversidad progresa en el Plan. Si sembramos sólo para nosotros mismos habrá un momento en que el terreno tornará baldío y la semilla infértil devorada por el “ego”.

En el pasado hemos fomentado relaciones, en muy buena medida, sin ese necesario ajuste para con el patrón de integración. Hemos creado estructuras, instituciones… que han pretendido perpetuar un juego de dependencia, una vinculación de dominio. Todo ello va cayendo en nuestros días, pues no se ajusta al Plan de amor e interrelación.

Los seres humanos vamos recuperando la herencia divina, adquiriendo la autoridad perdida, nos autoempoderamos y por lo tanto cada vez nos cuesta más aceptar la subordinación a los dictados de nuestros semejantes. Demandamos consenso, horizontalidad, unidad de acción desde la particularidad, don y responsabilidad de cada quién.

Si perpetuamos una relación de dependencia, cuanto creemos se desplomará, pues no tiene futuro. Por eso se derrumba la vieja civilización, por eso está naciendo otra basada por fin en el amor, en la cooperación y el compartir. Estaba escrito.

Sólo el “yo”, colmado de deseos siempre insatisfechos, trabaja en su propio beneficio y por lo tanto para perpetuar la dependencia y el beneficio personal. Lo más elevado de nosotros, nuestro Ser, siempre trabaja para los demás, para el mayor bien común. Opera en conexión con el Plan, para alimentar el círculo, para asegurar la integración, para colmar con su aportación la síntesis.

Tras el impulso jerárquico
Cuando se reúne una masa crítica de gente dispuesta a dar y compartir se generan las redes. Las redes humanas evidentemente siempre han existido. En el pasado eran sobre todo conato, ensayo, intento tan a menudo perseguido, pues cuestionaban las estructuras de dominio. Por lo demás las redes jamás habían operado con los medios tecnológicos geniales de que ahora disponemos y que posibilitan un flujo tan vertiginoso de la comunicación. El trabajo grupal tampoco había gozado del impulso jerárquico con que cuenta en el presente.

Deberemos construir desde el Ser para no perpetuar la dependencia, los esquemas de dominación del pasado. Éstos ya no se ajustan a nuestros días, ya no corresponden a nuestro actual estado evolutivo.

El principio, la naturaleza de las redes es el dar. Compartimos informaciones, conocimientos, visiones, anhelos, sueños… En nuestras redes espirituales compartimos primordialmente una nueva conciencia, un común anhelo de elevarnos a nosotros mismos, de elevar el planeta. La Jerarquía espiritual del planeta impulsa y alienta a quienes se involucran con fe, sinceridad y eficacia en las corrientes de servicio, a quienes se consagran por entero al Diseño Divino.

Nuestro accionar es promovido desde el Cielo en la medida en que asumimos nuestra responsabilidad planetaria y respondemos al llamado superior, en la medida en que nuestra voluntad de entrega a la humanidad es genuina, de lo contrario simplemente se olvidan de nosotros. Es entonces cuando podemos observar que nuestro trabajo se hace más pesado y no obtenemos resultados. La ley se cumple inexorablemente: el impulso jerárquico sólo alcanza a quienes trabajan desde lo más noble de sí mismos.

Crisis de las redes y sus lecciones
Las redes representan las estructuras del Cielo ancladas, descendidas en la Tierra. Su surgimiento en nuestros días comporta una importante maduración de la colectividad humana, de la raza, un desarrollo de la civilización basado en la corresponsabilidad. Se multiplican hoy con el amparo jerárquico, con la influencia acuariana del trabajo grupal y colectivo, con las posibilidades enormes que nos conceden las NTI o Nuevas Tecnologías de la Información.

Todo se acelera en un mundo en que la nueva información corre por todo el planeta a la velocidad de la luz. Las crisis y sus correspondientes lecciones también se aceleran. Llevamos ya algunos años construyendo redes, fomentando su construcción y quizás es el momento también de reflexionar colectivamente sobre sus eventuales derrumbes, sobre sus virtuales desplomes.

Sólo hay un explosivo capaz de hacer temblar las estructuras de las redes que vamos generando. Ese, siempre amenazante, “goma 2” lleva por nombre el “yo”. El “yo” u “ego” nubla la visión, devora la comunidad ya física, ya virtual. El “yo” merma la confianza entre los miembros, puede quebrar el trabajo grupal, minar las redes. Si no hay vigilancia y alerta continuas con ese “yo”, que en cuanto puede aflora, estamos sujetos a un permanente peligro de crisis en el grupo o comunidad de servidores.

Claves del éxito de la obra colectiva
Sólo podemos construir las redes desde lo más elevado de nosotros mismos. Ahí se sellan responsabilidades y misiones, ahí se establecen las más perennes alianzas. Manteniendo esa vibración, la mutua confianza se torna inquebrantable. Más abajo no compensa edificar. Sólo desde la cumbre de cada quien se asienta el éxito de la obra de todos. La obra colectiva es lo que importa, no el progreso de nuestra personalidad. Si no construimos desde lo más puro que nos habita, el trabajo grupal no avanzará y las redes se desplomarán.

Si las redes no son levantadas con genuina vocación de servicio no se expandirán. Nada que erijan los egos y la personalidad puede prosperar, está condenado al fracaso. No se ajusta a la ley del amor y de la interdependencia.

Un exceso de personalidad impide una contribución genuina al trabajo grupal. Se trata de servir a las redes espirituales, no de servirnos de ellas para nuestros propios intereses personales. Sólo cada quién, en su más íntimo fuero interno, podrá responder a la pregunta imperiosa de: “¿Sirvo a la red o por el contrario, me sirvo de la red? ¿Me he integrado a la red para servir a la humanidad o para exclusivamente difundir mis talleres, mis cursos, mis materiales…, para promover mis criterios, mis intereses, para hacer valer mi poder y dominio, mi beneficio ya de lucro, ya de influencia…? ¿Trabajo en beneficio de la comunidad o por el contrario lo hago en beneficio propio?”

Conjugación del trabajo externo e interno
A partir de ahí, la siguiente cuestión ¿Esperamos a desarraigarnos totalmente del ego para crear y fomentar redes o las seguimos desplegando y promoviendo aún conscientes de su inevitable imperfección…? ¿Esperamos a que concluya la batalla contra el ego, la cruzada por el impersonalismo o por el contrario apostamos por el trabajo grupal aún conscientes de los riesgos y caídas?

Muy probablemente no podemos darnos el lujo de tanta espera, no podremos aguardar a la extinción del ego, al desarraigo de la personalidad, para consagrarnos al Plan, para involucrarnos en la corriente de servicio. Pero de ninguna de las formas en el discípulo, en el servidor el activismo exterior deberá desplazar al trabajo y prácticas internas. Habrán de ir unidos.

Podemos vivir un momento de aceleramiento evolutivo, la gran ola auspiciada por la Jerarquía, la ocasión adecuada y señalada para el salto de la conciencia, para el tejido de la malla luminosa planetaria…; podemos contar con los mejores medios y tecnologías que jamás hubiéramos gozado para realizar conexiones y establecer alianzas…, pero si a ellas trasladamos todas nuestras propias imperfecciones, ¿de qué habrá servido el esfuerzo?

Paralelamente al accionar externo es necesario embarcarse en la meditación interna, en la práctica espiritual, en el combate frente al “yo”. Nuestro empeño colectivo será baldío y por supuesto perderemos la ayuda y el impulso jerárquico si es el “yo”, el que se hace con la iniciativa. No entro en detalles de si se trata de trascender, callar, sublimar… al “yo”, subrayo el principio de que es preciso que impere lo más puro de nosotros mismos a la hora de entregarnos a la tarea colectiva.

“No para nosotros la gloria…”
Sólo con el propósito genuino de entrega a los demás, de beneficio a la humanidad, las redes pueden expandirse y cada uno de nosotros fungir como un nodo positivo e irradiador; de lo contrario resquebrajaremos la confianza imprescindible, nos convertiremos en cortocircuito. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos hemos de tener bien presente la máxima de hacer de nuestras vidas un beneficio para los demás. Con la premisa del “mayor bien para el mayor número de personas” las redes florecerán, el trabajo grupal prosperará.

Seremos capaces de inaugurar la nueva tierra pura, si ese terreno ya se liberó, en buena medida, previamente en nosotros. De lo contrario sólo inauguraremos más de lo mismo, más de nosotros, más de un terreno regentado por la tiranía del “yo” y su legión de esbirros.

El antídoto es pensar todo lo que hacemos para beneficio de los demás. Escribir, crear, comunicar, sanar, actuar… para el beneficio de todos los seres. De esa forma generamos una comprensión y energías imprescindibles para el progreso del trabajo grupal.

Vínculos más sólidos
En lo que a las redes se refiere será preciso abandonar toda tentación de verticalismo, todo intento de personalismo. El yo devora las redes. Éstas prosperarán si son impulsadas por corrientes de virtud y no de apropiación o utilización para beneficio personal.

No deseo ocultarlo. Después de muchos años de impulso y florecimiento de las redes espirituales en el mundo latino, estamos viviendo un momento de crisis. Esta crisis es evidentemente necesaria para poder levantar mañana estructuras más sólidas, que permitan los errores y embates del “yo”. Se ha caído bastante de lo que con ilusión hemos construido a lo largo de todos este tiempo, mas lo que mañana construyamos estará anudado con una fibra más fuerte. Gajes del esfuerzo pionero, apuesta de desapego… Construimos para después olvidar, para levantar sobre bases más sólidas, sobre vínculos cada vez más auténticos y fraternos.

Cada quién despliega la ley, la eterna y única, en su pasado y dominio personal. Nadie se dé por aludido en este ensayo, me aplico a mí mismo los principios aquí esbozados. Arrojo estas líneas para la reflexión colectiva, no para echar más leña a los fuegos ya encendidos.

La Gran Alianza en marcha
Creo que estamos en un momento apasionante. Por más que veamos redes descomponerse, personalizarse o malograrse, los fracasos de ninguna de las formas nos han de desalentar. No se trata tanto de quedarnos en los errores que en el pasado hayamos podido cometer, sino de mirar con optimismo al futuro. Se trata de tornar los errores del “ego” de ayer en lecciones para el Ser de hoy. El pasado superado está y hemos de emprender una nueva etapa limpios de faltas.

El socorro jerárquico vendrá si perciben nuestra renovada fe e impulso, si constatan que somos capaces de extender nuestras alas entrelazadas desde las cenizas, si captan una verdadera voluntad de servir a la raza, si ven subordinados nuestros primarios intereses personales a la gran Obra Colectiva.

Ánimo herman@s. Sostengamos, pese a todos los avatares y tentaciones inferiores, la Gran Alianza en marcha. Mantengamos nuestro anhelo fijo en nuestro superior objetivo de consolidar la Gran Comunión, de tejer la red planetaria de servidores. Hoy más que nunca unid@s, hoy más que nunca amparados y asistidos desde las Alturas,

la Tarea continúa.

Koldo Aldai