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martes, 27 de marzo de 2012

EL PRECURSOR

El Último Despertar
 En la marea alta de la noche, cuando el primer aliento de la aurora llegó en alas del viento, el Precursor, aquel que se llama a sí mismo eco de voces aún no oídas, salió de la alcoba y subió a lo alto del tejado. Contempló la ciudad dormida. Luego irguió la cabeza; y como si los espíritus en vela de aquellos que duermen estuviesen alrededor suyo, abrió sus labios, y clamó:
Amigos y vecinos míos, y todos los que a diario pasáis por mi puerta, quisiera hablaros en vuestro dormir, y quisiera caminar desnudo y sin obstáculos en el valle de vuestros sueños, pues negligentes son vuestras horas de vigilia y sordos son vuestros oídos.
   Mucho y en exceso os he amado. Quiero a cada uno de vosotros como si fuera todos vosotros, y a todos como si fuerais uno. En la primavera de mi corazón canté en vuestros jardines, y en su verano vigilé vuestras eras.
   Sí, os he amado a todos: al gigante y al pigmeo, al leproso y al ungido, al que anda a tientas en la oscuridad y al que danza sobre las montañas.
   A ti, oh fuerte, te he amado, aunque la señal de tus cascos de hierro esté aún en mi carne; y te he amado a ti, oh débil, a pesar de que consumiste mi fe y agotaste mi paciencia.
   A ti, oh rico, te he amado, aunque tu miel haya sido amarga en mi paladar; y te he amado a ti, oh pobre,  a pesar de conocer la vergüenza de mis manos vacías.
  A ti, oh poeta, con tu viejo laúd  y tus dedos ciegos, te he amado por propia indulgencia;  y también a ti, oh erudito, siempre juntando mortajas putrefactas en campos llenos de tiestos.
   Y a ti, oh sacerdote, que te apoyas en los silencios del ayer para inquirir sobre el destino de mi mañana; y a vosotros devotos de los dioses, imágenes de vuestros propios anhelos..
   A ti, oh mujer sedienta, con la copa siempre llena, te he amado con comprensión; y a ti, oh mujer de noches sin descanso, también te he amado sin piedad.
   A ti, oh hablador, te he amado, diciendo: “ La vida tiene mucho que decir ”; y a ti, oh mudo, te he amado, murmurándome a mí mismo: “ ¿No dice el silencio lo que querría oír en palabras? ”.
   Y a vosotros, oh juez y oh crítico, también os he amado; y a pesar de verme crucificado, dijisteis:  “ Sangra rítmicamente, y la forma que la sangre dibuja en su blanca piel es hermosa de contemplar ”.
   Sí, os he amado a todos: al joven y al anciano, a la trémula caña y al roble.
   Pero, ¡ Ay !, fue la abundancia de mi corazón lo que os alejó de mí. Queríais beber amor de una copa, mas no de un caudaloso río. Queríais oír el murmullo de un desmayado corazón, pero cuando el amor gritó, tapasteis vuestros oídos.
   Y porque he amado a todos, habéis dicho: “ Su corazón es demasiado dócil y complaciente, y demasiado inseguro es su camino. Es el amor del necesitado que recoge migajas aun estando en banquetes regios. Y es el amor de un débil, porque el fuerte sólo ama lo fuerte ”.
   Y porque os he amado tanto, habéis dicho: “ No es sino el amor de un ciego que no conoce la belleza de uno ni la fealdad de otro. Es el amor de alguien carente de gusto, que bebe vinagre igual que si fuera vino. Y es el amor del impertinente y del soberbio, porque ¿ qué extranjero podría ser padre, madre y hermano nuestro ? ”
   Esto y más habéis dicho. A menudo, en la plaza del mercado me señalasteis con el dedo y dijisteis con mofa: Ahí va el hombre sin edad y sin estaciones, que al mediodía juega con nuestros hijos y al atardecer se sienta con nuestros ancianos y asume sabiduría y entendimiento”.
   Y me dije: “ Los amaré más. ¡ Sí ! , aún más. Ocultaré mi amor aparentando odio, y disfrazaré mi ternura de amargura. Y usaré una máscara de hierro, y solamente cuando esté armado y con cota de malla, los buscaré ”.
   Entonces, puse una mano pesada sobre vuestra herida, y cual tempestad en la noche, troné en vuestros oídos.
   Desde los tejados os llamé hipócritas, fariseos, tramposos, falsos y burbujas vacías.
   A los cortos de vista, los maldije como a murciélagos; y a los apegados a la tierra, los comparé a topos sin alma.
   Al elocuente, lo llamé lengua viperina; al silencioso, labios de piedra; y al simple y cándido, lo llamé muerto despreocupado de la muerte.
   A los buscadores del saber humano, los condené como a ofensores del espíritu sagrado; y a los que sólo buscan al espíritu, los señalé como cazadores de sombras que ponen sus nidos en aguas estancadas y sólo cazan sus propias imágenes.
   Así os denuncié con mis labios, mientras mi corazón, sangrando, os llamaba con nombres dulces.
   Era el amor flagelado por sí mismo el que habló.
   Era el orgullo batido en el polvo. Era mi ansia de vuestro amor lo que me encolerizó desde los tejados, mientras que mi verdadero amor, de rodillas, imploraba en silencio vuestro perdón.
   ¡ Pero, he aquí el milagro !
   Mi disfraz abrió vuestros ojos y mi aparente odio despertó vuestro corazón. Y ahora me amáis.
   Amáis la espada que os golpea y la flecha que perfora vuestro pecho. Porque os conforta estar heridos y solamente al beber vuestra propia sangre podéis embriagaros.
   Como insectos que buscan su destrucción en la llama, os reunís diariamente en mi jardín; y con los rostros en alto y los ojos encantados, miráis como desgarro el tejido de vuestros días. Y murmurando, os decís uno a otro: “ El ve con la luz de Dios. Habla como los profetas de la antigüedad. Descubre  nuestras almas y abre nuestros corazones, y como el águila conoce el camino de los zorros, así conoce él nuestros caminos ”.
   ¡ Ay ! en verdad conozco vuestros caminos, pero tan sólo como el águila conoce el de sus polluelos. Y quisiera revelaros mi secreto. En mi necesidad de acercarme a vosotros finjo alejamiento, y por miedo a lo menguado de vuestro amor refreno los efluvios del mío >>.
   Después de dichas estas cosas, el Precursor se cubrió el rostro con las manos y lloró amargamente. Porque en su corazón, sabía que el amor, humillado en su desnudez, es más grande que el amor que busca el triunfo enmascarado; y sintió vergüenza .
   Luego , levantó la cabeza, y como si despertara de un sueño, extendió sus brazos y dijo:
Se acabó la noche; y nosotros, los hijos de la noche, debemos morir cuando la aurora llegue saltando sobre las montañas; y de nuestras cenizas se elevará un amor mucho más potente. Y ese amor reirá al sol y será inmortal >>.
Gibran Kahlil gibran