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miércoles, 29 de febrero de 2012

“PADRE, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”

“PADRE, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN” (Luc.23,34)

Según la narración del Evangelista Lucas, ésta es la primera Palabra pronunciada por Jesús en la Cruz.

Jesús en la Cruz se ve envuelto en un mar de insultos, de burlas y de blasfemias. Lo hacen los que pasan por el camino, los jefes de los judíos, los dos malhechores que han sido crucificados con El, y también los soldados. Se mofan de Él diciendo: “Si eres hijo de Dios, baja de la Cruz y creeremos en ti” (Mt .27,42). “Ha puesto su confianza en Dios, que Él lo libre ahora” (Mt.27,43).

La humanidad entera, representada por los personajes allí presentes, se ensaña contra El. “Me dejareis sólo”, había dicho Jesús a sus discípulos. Y ahora está solo, entre el Cielo y la tierra.

Se le negó incluso el consuelo de morir con un poco de dignidad.

Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón de su Padre para los que lo han entregado a la muerte.

El tema del perdón saldrá a relucir una y otra vez. Perdonar no siempre es algo fácil de hacer, pero se convierte en un entrenamiento importante y fuerte, al igual que se vuelve en un asunto del corazón cuando le agregamos el término ‘incondicional’.

“¿Qué exactamente significa incondicional? El mejor ejemplo hasta ahora en este planeta son las palabras dichas por el Maestro cuando estaba siendo clavado a la cruz y en su momento de agonía, todavía preocupado por sus insensibles e irreflexivos acusadores, dijo, ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’.

“Eso es un perdón incondicional, porque ¿quién sabe mejor que Dios el dolor y la profunda pena del corazón humano?

“Puedes pensar que has perdonado a alguien, pero si el recuerdo de la ocasión cuando el perdón fue necesitado todavía quema en tu corazón y todavía evoca emociones, entonces necesitas perdonar otra vez, hasta que el ‘ardor’ desaparezca y el recuerdo se haya apagado.

“Eso es lo que significa cuando uno de los Apóstoles preguntó, ‘Maestro, ¿con qué frecuencia debemos perdonar a alguien que nos ha hecho mal? Jesús respondió, ‘No siete veces, sino setenta veces siete’ – significa infinitamente.

“En este momento me gustaría añadir otras palabras de perdón incondicional y eso es misericordia. Ese es un componente necesario para el perdón incondicional y podríamos muy bien agregar otro ingrediente, el cual le hace sombra a todo, y ese es el amor – amor fraternal.

“Esto es mencionado una y otra vez en tus viejos archivos; ‘amarse los unos a los otros’. El amor incondicional es solamente eso. Sin compromisos. Realmente es una materia muy rara en este planeta y sin embargo es un requisito para aquellos que buscan hacer la voluntad de Dios con un corazón sincero y honesto.

“Esta es una parte necesaria de tu entrenamiento hacia la auto maestría en el camino a la perfección. Sé que aquí te he dado mucho en qué pensar, pero una vez que empiezas seriamente a practicar esos valores, vas a notar la vida fluye más fácil en ‘una rutina alegre y satisfactoria’.

“Perdono pero no olvido…”

¡Cuántas veces hemos escuchado esta frase! Que a simple vista pareciera incongruente, pero si analizamos lo que es perdonar, nos daremos cuenta que no lo es, porque el ideal sería perdonar como si nunca nos hubiesen ofendido, pero somos humanos y no podemos despojarnos de nuestros sentimientos, con la misma facilidad que nos quitamos una vestimenta.

Perdonar no es lo mismo que reconciliarse, porque para esto se necesitan dos personas, el agresor y el agredido que de común acuerdo dan término a una situación dolorosa. En cambio el perdón es la respuesta generosa de la persona herida para quien infringió el dolor, es un acto volitivo que se hace en el silencio interior del alma y esencialmente por amor a Dios, porque se sabe que somos perdonados por El, en la medida que nosotros somos capaces de perdonar a los que nos ofenden-

Uno puede perdonar y sin embargo no reconciliarse, como en el caso de una esposa continuamente maltratada por su compañero, o el de una mujer violada, o el de un hombre herido en su honra y prestigio injustamente.

El perdón, ciertamente, no surge en el hombre de manera espontánea y natural, es un proceso lento de comprensión, de empatía hacia el agresor y por sobre todo, un deseo sincero de cumplir con la regla de oro, pero a pesar de esto, perdonar sinceramente en ocasiones puede resultar heroico. Aquellos que han soportado el ultraje de la violencia, no pueden dejar de sentir la tentación del odio y de la venganza y en esos casos, sólo el poder curativo del amor de Dios, nos puede ayudar a encontrar el verdadero sentido al perdón, porque cuando perdonamos, los más favorecidos somos nosotros mismos, porque nos liberamos del peor de los pesos que un ser humano puede cargar, como es el rencor y el resentimiento.

El perdonar no borra el mal hecho, no quita la responsabilidad al ofensor por el daño hecho, ni niega el derecho a hacer justicia a la persona que ha sido herida. Tampoco le quita la responsabilidad al ofensor por el daño hecho. Pero ante esto hay que dejar que la justicia divina actúe.

Mientras el rencor y los recuerdos dolorosos sigan teniendo vida en nuestro corazón, estaremos lejos de nuestra sanación interior, porque el rencor es como un veneno que se va esparciendo por el cuerpo, incitándonos a la venganza y a la represalia, lo cual Jesús desaprobaba completamente, pues El vino a cambiar el ojo por ojo y diente por diente, por el perdón a nuestros enemigos, porque “la futilidad del mal, un agravio no se puede corregir con la venganza, no cometáis el error de luchar contra el mal, con sus propias armas. Tened fe y confianza en el triunfo final de la justicia divina y de la bondad eterna” 1580

Perdonar es un proceso complejo. Es algo que sólo nosotros mismos podemos hacer...Paradójicamente, al ofrecer nuestra buena voluntad al ofensor, encontramos el poder para sanarnos...Al ofrecer este regalo a la otra persona, nosotros también lo recibimos

Pero, tampoco es bueno tratar de hacer como si nada hubiese pasado, porque el inconsciente, no sana tan fácilmente de las heridas recibidas, por eso debemos tomar conciencia de lo sucedido y analizarlo no sólo con nuestro ego herido, sino con el corazón abierto a las insinuaciones de nuestro espíritu interior, nuestro Ajustador, porque sin duda que él nos va a indicar la mejor manera de sanar nuestras heridas y la primera es sin duda el elevar nuestra oración por el agresor, recordando las palabras de Jesús dichas desde la cruz ¡Padre perdónalos porque no saben lo que hacen! El “tenía un firme sentido de la justicia, pero era una justicia atemperada siempre por la misericordia.

Este primer acto de perdón, libera verdaderamente nuestra alma del sufrimiento que la ofensa nos ha infringido, porque aunque nos parezca mentira, la gran mayoría de las veces nuestro agresor no tenía la conciencia del daño que hacía, por tanto merece nuestra compasión y nuestro perdón generoso, porque al hacerlo nos estamos liberando también nosotros, porque “de la misma forma que juzgamos, seremos juzgados”

El perdonar encierra nuestra auto curación, nos permite secar nuestras lágrimas y seguir adelante con el corazón liviano y dispuesto a seguir amando, porque siempre será mejor sufrir por amor a dejar de amar por la sequedad de nuestro corazón.

Si el dolor de la ofensa nos ha hecho ponernos una coraza, que pudo habernos servido al comienzo, debemos dejarla de lado pasado el momento de crisis. Es como cuando en invierno nos ponemos mucha ropa para evitar el frío, pero ella deja de ser necesaria cuando llega la primavera, así también cuando aprendemos a perdonar ya no necesitamos estar a la defensiva, pues el”que quiere tener amigos debe mostrarse amistoso” y el que quiera ser perdonado debe aprender a perdonar.

El perdón opera un cambio de corazón, nos libera del ciclo del dolor de la ofensa y nos aliviana del terrible peso del rencor que sólo nos daña a nosotros mismos y nos mantiene prisioneros de la persona que nos hizo daño.

"Perdonar es el camino de la sanación...tanto espiritual como física, porque mientras nuestra mente esté envenenada por el rencor o la rabia, nuestro cuerpo y nuestra alma seguirán enfermas y en cualquier momento estallaremos casi sin darnos cuenta, porque “la ira es como una piedra arrojada a un nido de avispas.

Muchas veces como la palabra rabia o ira nos parece muy fuerte y nos hace sentir mal, la disfrazamos por la pena, pues así en vez de reprochar nuestra actitud, nos podemos compadecer asumiendo el papel de víctima, cuando en vez de reconocer que el que está más herido es nuestro ego.

“La ira es una manifestación material que representa de manera general, la medida del fracaso de la naturaleza espiritual en la tarea de ganar el control sobre la naturaleza intelectual y física. Ella indica vuestra falta de amor fraternal tolerante y vuestra falta de respeto propio y auto control- La ira afecta la salud, envilece la mente y limita el instructor espiritual del alma del hombre” Jesús le dijo a sus apóstoles:”vosotros que habéis vivido conmigo, bien sabéis que el enfado y la ira no forman parte del establecimiento del reino del cielo en el corazón del hombre.”

Por eso, cuando nos demos cuenta que nos está costando demasiado el perdonar, hagamos silencio en nuestra alma, porque el enojo y la rabia solo se pueden cambiar desde el mundo interno, pues esas sensaciones no hacen mal así en forma genérica, sino que debemos convencernos que el no perdonar me hacen mal, en forma personal porque me desarmonizan y donde no hay armonía tampoco está Dios.

“La espiritualidad es el indicador de la propia cercanía a Dios y la medida de nuestra propia utilidad para con los semejantes:” pues “una de las características más sorprendentes de la vida religiosa, es esa paz dinámica y sublime, esa paz que trasciende toda comprensión humana, esa calma que simboliza la ausencia de la duda y la confusión”

Por eso la sanación interior total solo puede ocurrir, cuando perdonamos a aquellos que nos han herido, cuando le entregamos por completo al Señor nuestras heridas del pasado y junto a él somos capaces de orar por nuestros enemigos, como lo hizo Jesús

Después que le hayamos pedido a Dios que nos libere, después que le hayamos orado para que rompa todas las cadenas que nos han atado, después que Él haya limpiado todas nuestras heridas de las cosas que las infectaban, después que hayamos perdonado a todos los que nos hirieron; estaremos listos para pedirle a Jesús que sane nuestros recuerdos dolorosos.

Perdonar es un proceso complejo. Es algo que sólo nosotros mismos podemos hacer...Paradójicamente, al ofrecer nuestra buena voluntad al ofensor, encontramos el poder para sanarnos...Al ofrecer este regalo a la otra persona, nosotros también lo recibimos. Hay quien dijo: ¿quieres ser feliz un instante? Entonces ¡véngate! Pero si quieres ser feliz toda la vida ¡perdona!

Cuando un discípulo de Jesús le preguntó: "¿Maestro, cuántas veces he de perdonar a mi hermano? ¿Siete veces?" "Siete veces no, setenta veces siete", le contestó Jesús. Perdonar es un don de Dios. La oración sincera, procedente de un corazón limpio de pecado, ayuda a "desmantelar" la ofensa, a perdonar al que nos hirió.

La verdadera Ciencia coincide con el Evangelio. Estos son los pasos terapéuticos que los sicólogos recomiendan:

  1. Confrontar la rabia interior, la vergüenza, la herida. La persona puede estar deprimida sin saber por qué, hasta que descubre la causa, oculta por muchos años o sólo por horas.
  2. Reconocer la fuente de la herida, y descubrir el por qué.
  3. Elegir perdonar. Aunque haya base para la ira y la venganza, no se elige eso, sino perdonar. Y no tiene que ser sólo por motivos religiosos, sino también por instinto de conservación: le va a hacer bien psíquica y físicamente.
  4. Buscar una nueva forma de pensar sobre esa persona que nos ha hecho mal. Cuando lo hacemos, por lo general descubrimos que es un ser vulnerable, probablemente con heridas más profundas que las nuestras.

Cuando ponemos en práctica estos puntos nos liberarnos del dominio que la persona que nos ha herido, y que ejerce todavía sobre nosotros mediante nuestro odio. Perdonar libera la memoria y nos permite vivir en el presente, sin recurrencias constantes al pasado doloroso.

Todo insulto recibido puede convertirse en una nueva oportunidad de crecimiento interior, una gracia que nos envía Dios, porque al perdonar somos canales de Su misericordia. Si rabiamos por una ofensa, si planeamos vengarnos por un insulto, si el odio se aloja en nuestra alma, el adversario habrá ganado la batalla arrastrándonos al mal mayor, el pecado consciente

El Padre Nuestro Dios nos dice: “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden'. Perdonar, es una decisión que deja en libertad nuestro corazón, y deja limpia toda herida, la amargura ya no reinará. Si nosotros queremos experimentar el perdón del Señor, debes primero perdonar.

Amar a quien nos ha ofendido desarma al adversario y puede incluso transformar un campo de batalla en un lugar de solidaria cooperación. Éste es un desafío que concierne a cada individuo, pero también a los países porque sólo cuando impere el Amor, el mundo será mejor y el reino de Dios se hará visible en gloria y majestad, porque como dice el Curso de los Milagros: el lugar más santo de todos los lugares de la tierra es aquél donde un viejo odio se ha convertido en un amor presente”

Yolanda Silva Solano

Gracias Issa