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miércoles, 22 de febrero de 2012

LAS BIENAVENTURANZAS: BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN...

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación"

"Jesús se echó a llorar" (Jn 11, 35)

El hombre ha creído siempre que la felicidad está en las diversiones, en la alegría y en las risas. En el anverso de la felicidad y en el recuento desolador de lo que pudiéramos llamar desheredados de la dicha se ha colocado siempre a los que lloran y sufren moral o físicamente. Jesús vino a decirnos que la felicidad no es exclusiva, ni siquiera patrimonio, de aquí y de ahora. De poco nos sirve reír aquí, si nos toca llorar eternamente, y poco importa llorar ahora, si haciéndolo meritoriamente, nos granjeamos con ello la alegría eterna. Dios, por medio de Jesús, ha acercado a nosotros la felicidad. Jesús es la Vida eterna, aquella que nos puede hacer perfectamente felices. Su gozo puede trasvasarse a nosotros si creemos en Él, si acogemos el Reino que en Él se hace realidad. Quien cree en Jesús es dichoso. A quienes se le acercan los llama "bienaventurados". Jesús dejó sembrada la alegría y esperanza en nuestro mundo cuando se fue. Nos envió el Espíritu. Lo derramó en nuestros corazones. Y el espíritu experimenta el gozo inefable del encuentro con Dios. Un encuentro que se produce en una inmediatez delirante. El Espíritu nos sella para el día de la gran felicidad del encuentro con Dios.

Nada nos parece tan opuesto como los conceptos "sufrimiento" y "dicha", y sin embargo como cristianos no podemos negar que Jesús fue "bienaventurado", a pesar de lo que sufrió. San Mateo nos presenta las bienaventuranzas como "actitudes" con las que debemos vivir el Evangelio (siendo pobres, no violentos, etc.). Por otra parte, esto de "sufrir" no nos parece una actitud sino más bien algo que se nos viene encima. ¿Cómo es posible que algo no querido por Dios ni por nosotros -el sufrimiento- Jesús lo convierta en causa de felicidad y dicha? La respuesta es sencilla, Jesús une la felicidad de los que sufren al consuelo que éstos recibirán en la medida en que lo vayan conformando con el sufrimiento de Cristo. Cuando el dolor sea transformado en instrumento de redención propia y ajena. Sufrir por sufrir es locura o estupidez humana. Del mismo modo que el mensaje de Jesús procura a los "pobres" la verdadera riqueza y a los "mansos" la verdadera fuerza, también ofrece a los afligidos compensaciones que moderan la amargura de las lágrimas en un mundo donde el sufrimiento es ley de vida. En la escuela de Cristo, "los que lloran" ya no se encierran en su dolor sino que descubren delante de ellos una salida liberadora.

El sufrimiento bien aceptado, aunque cueste de entrada, nos vuelve más humanos y comprensivos, nos hace más tolerantes y nos educa para ver la otra cara de la realidad, oculta muchas veces desde la superficialidad, el ajetreo de la vida o las mil ocupaciones en las que uno puede estar embarcado. Nos obliga a mirar en otra dirección. La felicidad no depende de lo que uno posee y no está condicionada por bienes exteriores. Parte de dentro, como consecuencia de un programa existencial, coherente y realista que nos empuja hacia delante. El hombre auténtico utiliza los bienes de este mundo, pero sin poner el corazón en ellos. Sabe que todo es efímero, que se acaba con la muerte.

Por lo común, el hombre vive contento cuando la realidad, las decisiones ajenas o los acontecimientos concuerdan con sus deseos. Los cristianos estamos contentos con tal de que nuestros deseos concuerden con la voluntad de Dios. En el primer caso se goza solamente cuando "todo va bien". En el segundo caso se busca el medio de ser feliz cuando "todo va mal". No es una utopía. La alegría del cristiano es real porque es un don de Dios, que nos pide un asentimiento a su voluntad, y no es extraño que nos pida sufrir.

A quien confía en Dios, hasta los malos días le traen su pequeña alegría. Los hombres se entristecen porque no comprenden o porque no aceptan, pero el cristiano se abandona al Padre que sabe y que decide, al "Dios que se hizo hombre para que el hombre llegase a ser Dios", frase de san Agustín en la que descubrimos el gran secreto de la alegría cristiana.

Jesús no modificó las leyes de la creación. Más aún, siendo capaz de suprimir el sufrimiento ajeno no se lo evitó a sí mismo. ¿Era preciso? ¿Y por qué era preciso? El misterio del dolor sigue siendo indescifrable para nosotros. Dios no nos ha explicado este enigma. Se hizo hombre para enseñarnos a vivir y a triunfar sobre el mal en el seno mismo de la oscuridad. Éste es el consuelo anunciado en esta Bienaventuranza. El padeció, con el fin de ayudarnos a sufrir para que nuestras lágrimas, como las suyas, tengan un valor redentor. Jesús prefirió volver nuestras miradas hacia el porvenir y asegurarnos que nuestro dolor no es inútil. Los cristianos seremos consolados si aceptamos los inevitables sufrimientos, de los que nadie está exento, como un sacramento de unión a Cristo para la realización de su obra redentora.

Dichosos los cristianos que cuando lloran dicen con Jesús "¡Padre, hágase tu voluntad! ¡Padre, perdona a los que me hacen sufrir! ¡Padre, en tus manos entrego mi vida! Pues ellos ya no están solos. Ellos están "consolados".

Ser testigos y transmisores de la alegría, recordándonos unos a otros que la copa del dolor es también la copa del gozo y que lo que realmente nos causa tristeza puede convertirse en esa alegría de la que nos habla esta bienaventuranza.

Grupo Siron