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martes, 28 de febrero de 2012

Acerca de Jesús de Nazaret ¿Quién es para mí hoy?

Pienso que la humanidad de Jesús ha sido minusvalorada durante milenios en la historia de la iglesia. La teología ha tendido a considerar fundamentalmente, cuando no exclusivamente, su aspecto Divino.

Y esto, partiendo, en la mayoría de los casos (a excepción de las experiencias de los místicos), de un concepto prefabricado de Dios (en realidad un verdadero ídolo mental), de modo que se ha afirmado Jesús es el Cristo, es Dios, uniendo para ello incluso las palabras Jesús y Cristo, Jesucristo. Si tenemos en cuenta que según lo mismos evangelios Jesús en su vida terrena nunca se atribuyó a sí mismo la Divinidad, parece que la costumbre de la iglesia es muy distinta que la del mismo Jesús.

Él se llamaba fundamentalmente Hijo del Hombre, que es un modo que utilizaban en arameo para decir simplemente “yo”, no conozco ni un solo pasaje teológico en el que la reflexión se haga al revés Dios es Jesucristo. En este caso, no se afirmaría que Dios es el preconcepto que nosotros tenemos formado en nuestra mente, ese Ser todopoderoso, omnipresente, infinitamente sabio…, sino que es lo que es Jesús, amor, compasión, ternura, verdad, sencillez, vida…

Mas vayamos un poco al tema: ¿Quién es este hombre? Vayamos al hombre que se llamó Jesús de Nazaret hace, veinte siglos aproximadamente.

En los evangelios aparece como un hombre de un inmenso valor, de una extraordinaria independencia y de una autenticidad sin precedentes en el pueblo judío. Un verdadero místico de una profundidad sin límites.

El planteamiento de Jesús ante la Ley, tal como narran los hechos de los evangelios, era desconcertante para todos y más aún para los legalistas escribas, quienes tenían una erudición enorme sobre la casuística de la aplicación de las leyes y de todos los pormenores de las mismas.

A Jesús nunca le intimidó su erudición, discrepaba abiertamente de ellos y sobre todo hablaba bien claro de que no había ninguna tradición tan sagrada que estuviera por encima del hombre, con lo que se enfrentaba abiertamente con la postura sostenida por todos los escribas y sacerdotes judíos (y muchos escribanos y profesionales del sacerdocio hoy).

Él, como dicen los textos, era un hombre totalmente convencido de la superioridad del hombre sobre la Ley Sagrada. “Fue hecho el sábado para el hombre, y no el hombre para el sábado” fueron sus palabras, y sobre todo sus hechos, en multitud de ocasiones probablemente.

Más que un experto en doctrinas casuísticas, era un místico convencido de su profunda experiencia de compasión por los pobres.

Era un hombre en el que no había el menor rastro de miedo. No le importaba ni montar un escándalo, si era necesario, ni perder su vida o su reputación por sus actitudes.

Todos los hombres religiosos, incluso los sinceros, veían con escándalo el modo en que Jesús se mezclaba con los pecadores, la tolerancia con que trataba los preceptos de la Ley, su manera tan natural de tratar a Dios, al Ser (Abba). En una sociedad en la que el trato cordial con una mujer era siempre tenido como expresión de intimidad sexual o afectiva, Jesús las trataba amigablemente incluidas las prostitutas]. No buscaba la aprobación de los demás, ni siquiera la de Juan el Bautista, al que no contesta directamente, cuando le envía a sus discípulos a preguntarle si él es el que ha de venir “ Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído… Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!

Pese a todo esto, incluso los adversarios de Jesús reconocían que era un hombre honrado, a quien no le importaba la condición de las personas.

Aunque esta afirmación pretendiera halagarle para que contestara favorablemente a los intereses de los que preguntaban, expone simplemente lo que era opinión de casi todos probablemente. Es curioso ver que su familia pensaba que Jesús estaba loco, y lo mismo pensaban los fariseos. Era sin dudas un hombre excepcional que seguía la verdad sin hipocresías. Por eso muchos de sus contemporáneos se preguntaban ¿Quién es este hombre?

Jesús, parecen probar los evangelios, puso un enorme énfasis en la expresión aramea “el hijo del hombre”, que no significa más que “yo” u “hombre”. Si a esto unimos la importancia que dio en su vida a la dignidad del hombre en cuanto hombre y a la solidaridad con la raza humana, podríamos concluir que dicha expresión es una forma de manifestarse a sí mismo identificado con el hombre en cuanto hombre.

Así podríamos hacer el ejercicio de sustituir en muchas frases de los evangelios la expresión “hijo del hombre” por la palabra hombre, algo que nos daría expresiones y significados como los siguientes: “El hijo del hombre es el señor del sábado” (Mc 2,28) = “el hombre es el señor del sábado” o sea, el sábado ha sido instituido para el hombre y no a la inversa (Mc 2,29). “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza” (Mt 8,20). “Las zorras (Herodes) y las aves (los poderosos) están instalados en la sociedad, pero el hombre no tiene un lugar”…

Sea lo que fuere de todo ello, lo que se puede afirmar sin duda alguna es que Jesús no reclamaba para sí ninguna clase de título, función, dignidad, ni privilegio. Es más rechazaba expresamente que se diera título alguno a los hombres, sobre todo el de Rabbí o Padre, porque sólo hay uno: el Padre del cielo.

Hay que advertir que en este texto el último versículo dice que a nadie le llamemos Maestro, porque uno sólo es nuestro Maestro: el Mesías. Parece que Jesús aquí no se estaba refiriendo a sí mismo, es más que posible, como dicen los eruditos, que no se trata de una frase de Jesús. Él nunca reclamó para sí este título de Mesías o Cristo y por otra parte, si se estuviera refiriendo a sí mismo, esta frase estaría en contradicción con todo lo anterior y con el contenido de todos los evangelios. Es totalmente procedente concluir que puede ser una interpolación posterior del propio Mateo, reconociendo en Jesús el Mesías prometido y Maestro universal. Jesús no hacía sino practicar aquello que predicaba. Ellos querían llamarle Maestro, pero él que ser su servidor.

¡Qué bien casa este texto de Mateo con sus homólogos de Lucas y Marcos con lo que se está viviendo siempre en el Vaticano! Los cardenales son eminentísimos y excelentísimos, el papa es su santidad o su beatitud, o santo padre… ¡Y el boato!… y el hombre no tiene lugar en esta sociedad.

Estos señores ¿seguidores de Jesús? ¿Su vicario en la tierra el papa? Esto no casa, no… ¿Es que acaso Jesús fundó una iglesia?

En lo orígenes ciertamente no consta, lo que sí consta es que impulsó la solidaridad universal, el amor. Es cierto que luego en la tradición ¿genuina y coherente con los orígenes? aparece la institución, que muy pronto, ya en los primeros siglos, fue dominada por el poder en vez de ser encauzada por el amor.

Volvamos a ese hombre, tan desconocido, llamado Jesús de Nazaret. Es, creo, muy interesante tomar conciencia de que en el relato, antes citado, de la misión que Juan el Bautista envió a unos discípulos para preguntar a Jesús si es él el que ha de venir, o tienen que esperar a otro (es interesante anotar que el Bautista no está seguro de la misión de Jesús, lo cual no casa bien con la escena del bautismo de Jesús, narrado por los sinópticos), Éste no les responde directamente sino que se limita a enumerar las cosas que se están haciendo: “Los ciegos ven, los sordos oyen… y se anuncia la Buena Nueva a los pobres” (Mt 11,4-5). No contesta en primera persona: “Yo doy vista a los ciegos….y proclamo la Buena Nueva a los pobres” lo que importa es que las cosas ocurran, que la gente sea liberada, no importa quién lo haga.

En contra de lo que se nos ha dicho en más de una ocasión, recogido del evangelio de Mateo, que quien no está con Cristo está contra él, cosa por otra parte totalmente cierta, pues Cristo es una Fuerza, Energía, Persona, Conciencia (como queramos llamarle) Universal, por lo tanto no se puede referir a estar fuera de Él, sino que se ha de referir a estar fuera de la línea de la liberación, si se está fuera de una actitud de querer o actuar liberando al hombre, se está contra Jesús. Jesús habla en los evangelios de Marcos y Lucas de que no se impida a nadie participar en la obra de liberación que él llevaba a cabo entre los pobres.

“Les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los escribas”. Esta frase nos puede llevar a una larga reflexión sobre la autoridad de Jesús. Ciertamente no es la autoridad de los escribas que se apoyan en argumentos externos a sus propias palabras, se apoyaban en lo que habían dicho otros eruditos en la casuística de la Ley, de las Escrituras. Jesús arguye sin recurrir a otras personas: “Yo os digo” (si es que estas palabras son del mismo Jesús y no puestas en su boca por los evangelistas)… y sus palabras eran obedecidas por los vientos, las enfermedades, los malos espíritus… pero, no por las personas, fuera del círculo de sus discípulos.

¿Por qué? Sus palabras, sin duda, tenían un poder, una autoridad que reconoce el centurión romano. Una autoridad que viene de la fe, de la absoluta confianza que tiene Jesús en su propia experiencia de la realidad, en su experiencia directa e intuitiva, que la daba la evidencia total y absoluta, en su experiencia de la unión, es más, identidad con el Padre, con el Amor.

“Puede decirse que la única autoridad a la que Jesús apeló fue la autoridad de la Verdad misma. No hizo de la autoridad su verdad, hizo de la Verdad su autoridad. Y en la medida en que la autoridad de Ser puede concebirse como la autoridad de la Verdad, en esa misma medida puede afirmarse Jesús poseyó y apeló a la autoridad de Dios. Pero, en este sentido la palabra autoridad no tiene el sentido que se le suele dar: poder para ser obedecido, sino que es la misma Verdad, la evidencia la que exige el asentimiento. En definitiva Jesús pedía que se viviera de un modo veraz”.

Lo único que Jesús pretendió es que decía la Verdad. Una Verdad que no necesitaba ser demostrada por nada, como no necesitamos nosotros demostrar que es de día o de noche, nos basta con salir al balcón y mirar hacia fuera. Jesús miraba hacia adentro y su percepción era una experiencia directa, inmediata, intuitiva de lo que Es. Y dentro de esta experiencia merece un punto y aparte la del “ABBA”, “una experiencia del Ser como Padre compasivo… Jesús experimentaba el misterioso poder creador que subyace a todo como compasión o amor”.

Así lo dice Juan en su carta primera: “Todo el que ama ha nacido de Ser y experimenta a Dios; quien no ama no ha tenido experiencia alguna de Dios, porque Ser es amor”.

El Amor, la Compasión es el fundamento de la Verdad.

J.A.CARMONA.-Issa