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miércoles, 29 de febrero de 2012

EL REINO DE DIOS QUE ESTÁ DENTRO DE VOSOTROS.

“Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: “El Reino de Dios no vendrá con observación, ni se dirá: “Vedlo aquí o allá, porque, mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros”.

(Lucas 17:21-21).

Jesús se dirige en estos términos al ser humano en su aspecto de eterno buscador de la felicidad perdurable y de la liberación de todo sufrimiento: “El reino de Dios –el reino de la eterna, inmutable, siempre renovada y gozosa Conciencia Cósmica- está dentro de ti. Contempla tu alma como un reflejo del Espíritu Inmortal y descubrirás que tu Ser abarca el imperio infinito de amor divino, sabiduría divina y bienaventuranza divina que está presente en cada partícula de la creación vibratoria, así como en el Absoluto Trascendental no vibratorio”.

Podría afirmarse que las enseñanzas de Jesús acerca del reino de Dios- a veces en lenguaje directo y a veces en forma de parábolas plenas de significado metafísico- son el núcleo del mensaje completo que él impartió. El Evangelio deja constancia de que, en el comienzo mismo de su ministerio público, “marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva del Reino de Dios”. Su exhortación a “buscar primero el Reino de Dios” constituye el tema central de su Sermón del Monte. La única oración que –según se sabe- dio a sus discípulos eleva una súplica a Dios: “Venga tu Reino”. Una y otra vez se refirió al reino del Padre Celestial y al método para alcanzarlo:

“El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.

“Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán”.

“Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo”. Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, asi tiene que ser elevado el Hijo del hombre”.

“Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna”.

“Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto”.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”.

Tomadas en conjunto, estas y otras declaraciones de Jesús referidas al reino de Dios permiten comprender de modo más amplio la sencilla afirmación, expresada en estos versículos, acerca de que el reino de Dios no podrá hallarse mediante la “observación”- la utilización de los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto sintonizados con la materia- sino por medio del recogimiento interior de la conciencia con el fin de percibir la Divina Realidad “dentro de vosotros”.

“El Reino de Dios no llega en respuesta a la observación sensorial, ni puede ser hallado por quienes dicen: “Mira, está aquí o allá, en algún lugar entre las nubes”. Concéntrate, más bien, en tu interior y hallarás la esfera de la conciencia de Dios oculta detrás de la conciencia material”.

Mucha gente supone que el cielo es un lugar físico, un remoto punto del espacio situado por encima de la atmósfera o más allá de las estrellas. Otros interpretan las afirmaciones de Jesús acerca del advenimiento del Reino de Dios como una referencia a la llegada un Mesías que establecerá y gobernará un reino divino en la tierra. De hecho, el reino de Dios y el reino de los cielos constan, respectivamente, de las infinitudes trascendentales de la Conciencia Cósmica y de los celestiales reinos causal y astral de la creación vibratoria, los cuales son mucho más sutiles y están más armonizados con la voluntad de Dios que las vibraciones físicas cuyo agrupamiento da lugar a los planetas, al aire y al ambiente terrenal.

Los objetos materiales que conocemos en forma de sensaciones de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto son el producto de la interacción de fuerzas que se originan y existen más allá de la capacidad de observación de la conciencia humana. El origen primigenio de todos los objetos y vibraciones materiales se encuentra en la Conciencia Cósmica. La materia es energía física condensada, la energía física es energía astral condensada, y ésta, a su vez, es la fuerza condensada del pensamiento original de Dios. Por consiguiente, la Conciencia Cósmica se halla oculta tanto en el interior como más allá de las capas constituidas por la materia, la energía física, la energía astral y el pensamiento o conciencia.

Lo mismo que ocurre en el macrocosmos sucede también en el microcosmos del cuerpo humano: la Conciencia Cósmica, cuyo rasgo característico es el gozo siempre renovado y la inmortalidad, es la que ha creado la conciencia humana y, por lo tanto, se encuentra dentro de ella. Cada alma fue concebida a partir de la infinita Conciencia Cósmica; estas ideaciones individuales del pensamiento de Dios fueron revestidas con otras dos cubiertas de manifestación externa, mediante la condensación de las fuerzas magnéticas causales propias de la conciencia, a fin de engendrar el cuerpo astral de energía vital luminosa y el cuerpo mortal de carne y hueso.

Así pues, el Reino de Dios no está separado del reino de la materia, sino que se halla tanto en su interior- lo impregna sutilmente, dado que es su origen y sostén- como fuera de él, en las mansiones infinitas del Padre, más allá del limitado cosmos físico.

Por eso, Jesús señaló que es en vano buscar el Cielo con la conciencia enfocada en las vibraciones materiales e identificada con las sensaciones y placeres corporales y las comodidades terrenales. En el reino de la materia y de la conciencia corporal, el ser humano padece enfermedades y sufrimiento físico y mental; si, por el contrario, dirige su atención hacia el reino interior, halla al Confortador, el Espíritu Santo o Vibración Cósmica de OM, manifestado en los sutiles centros cerebroespinales de la conciencia espiritual. Dejarse llevar por la corriente de la conciencia material que fluye hacia el exterior implica ser arrastrado inexorablemente hacia el Hades del reino de Satanás, la esfera de los apegos y limitaciones terrenales del cuerpo mortal; en cambio, meditar en OM para seguir la corriente de la conciencia que fluye hacia el interior es alcanzar el bienaventurado reino de Dios que se encuentra más allá del opaco obstáculo del cuerpo físico.

La comunión con el Santo Confortador brinda la sintonía con la Conciencia Crística que mora en el cuerpo como el alma siempre perfecta. Al comulgar aún más profundamente con la Conciencia Cristica, se llega a experimentar la unidad del alma con Espíritu omnipresente: el pequeño Ser se expande hasta alcanzar la magnitud de su Ser infinito y abarca así el ilimitado reino divino de la Dicha siempre existente, siempre consciente y eternamente renovada.

El Reino de Dios aguarda ser descubierto por aquellas almas que, hallándose confinadas en el cuerpo, ahondan en la meditación para trascender la conciencia humana y alcanzar los estados sucesivamente más elevados de la supraconciencia, la Conciencia Crística y la Conciencia Cósmica. Quienes meditan con profundidad, concentrándose intensamente en el silencio interior (el estado en que los pensamientos se encuentras neutralizados), retiran su mente de los objetos materiales percibidos a través de a vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto – es decir, de toda sensación corporal e inquietud mental perturbadora-. En esa concentrada quietud interior, descubren un inefable sentimiento de paz. La paz es la primera vislumbre del reino interior de Dios.

Los devotos que pueden lograr a voluntad ese recogimiento interior de lamente y concentrarse por completo en el sentimiento de paz resultante lograrán con toda certeza entrar al reino de la conciencia de Dios.

Esta percepción se transforma poco a poco en omnipresencia, omnisciencia, dicha siempre renovada y visiones de los reinos de luz eterna por los cuales se desplazan, en el seno de Dios, todas las almas liberadas, materializándose y desmaterializándose a voluntad. Nadie puede entrar en ese reino de la Conciencia Cósmica a no ser que sea capaz de penetrar en su conciencia hasta lo más profundo de su ser, a través de los portales de la concentración y meditación fervientes. Por ese motivo, Jesús afirmó de manera inequívoca: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”, es decir, en los estados trascendentes de las percepciones del alma.

Existe una bella concordancia entre las enseñanzas de Jesucristo relativas a entrar en el “Reino de Dios que está dentro de vosotros” y las enseñanzas del yoga expuestas en el Bhagavad Guita por el Señor Krishna acerca de devolverle al Rey Alma –el reflejo de Dios en el ser humano- su justa potestad sobre el reino corporal y su plena realización de los celestiales estados de conciencia espiritual. Una vez que el hombre se ha establecido en ese reino interior de conciencia divina, la ya despierta percepción intuitiva del alma rasga los velos de la materia, de la energía vital y de la conciencia, dejando al descubierto la esencia de Dios que se encuentra presente en el corazón de todas las cosas.

“El reside en el mundo, y todo lo envuelve por doquier; sus manos y pies están presentes en todas partes, al igual que sus ojos, oídos, bocas y cabezas; resplandece en todas las facultades sensorias y, sin embargo, trasciende los sentidos; permanece desapegado de la creación y, no obstante, es el Fundamento de todo; está libre de todas las gunas (modalidades de la naturaleza) y, sin embargo, disfruta de todas ellas.

“Está dentro y fuera de todo cuanto existe –animado e inanimado-, es cercano y a la vez lejano; es imperceptible por ser tan sutil.

“El, el Indivisible, se manifiesta en forma de incontables seres; El los conserva y los destruye, y de nuevo los crea.

“La Luz de todas las Luces, que trasciende la oscuridad, el Conocimiento mismo, Aquello que ha de saberse y la Meta de toda sapiencia, El mora en el corazón de todos” (Bhagavad Guita XIII: 13-17)

El Raja Yoga, el camino regio de la unión con Dios, es la ciencia de la auténtica realización del reino de Dios que está dentro de cada ser. Gracias a la práctica de las sagradas técnicas yóguicas de recogimiento interior recibidas de un verdadero gurú durante la iniciación, es posible hallar dicho reino mediante el despertar de los centros astrales y causales de fuerza vital y conciencia que se encuentran en la espina dorsal y el cerebro, y que son las puertas de acceso a las regiones celestiales de conciencia trascendente. Quien logra despertar dichos centros conoce al Dios omnipresente, tanto en su Naturaleza Infinita como en la pureza de su propia alma e incluso bajo el manto ilusorio de las mutables formas y fuerzas de la materia.

Patanjali, el más destacado de los antiguos exponentes del Raja Yoga en la India, formuló los ocho pasos que han de seguirse para ascender al reino de Dios que se encuentra dentro del propio ser.

1.- Yama, la conducta moral: evitar el daño a los demás y la falsedad y el hurto y la inmoderación y la codicia.

2.- Niyama: la pureza de cuerpo y mente, el contentamiento en toda circunstancia, la introspección (contemplación) y la devoción a Dios. Estos dos primeros pasos conducen al autocontrol y a la calma mental.

3.- Asana: la disciplina del cuerpo, de modo que pueda adoptar y mantener la postura correcta para la meditación sin fatiga ni inquietud física o mental.

4.- Pranayama: la práctica de técnicas de control de la fuerza vital que calman el corazón y el aliento y eliminan de la mente las distracciones sensoriales.

5.- Pratyahara: el poder de recoger la mente en el interior y aquietarla por completo, lo cual es resultado de retirar la mente de los sentidos.

6.- Dharana: el poder de utilizar la mente interiorizada para concentrarse totalmente en Dios en alguno de los aspectos a través de los cuales El se revela ante la percepción interna del devoto.

7.- Diana: la meditación (cuya profundidad se ha acrecentado por la intensidad de la concentración, dharana) que permite concebir la vastedad de Dios y de sus atributos tal como se manifiestan en la expansión ilimitada de la Conciencia Cósmica.

8.- Samadhi, la unión con Dios: la realización total de la unidad del alma con el Espíritu.

Todos los devotos pueden hallar la puerta que conduce al reino de Dios a través de la concentración en el ojo espiritual, que es el centro de la Conciencia Crística, ubicado a nivel del entrecejo. La meditación profunda y prolongada, tal como la enseña un verdadero gurú, le permite al devoto dejar gradualmente de enfocar la atención en el cuerpo material para hacerlo en el cuerpo astral y, mediante las facultades de percepción astral que han despertado, intuir estados cada vez más profundos de conciencia hasta alcanzar la unidad con la Fuente misma de la conciencia. Al entrar por la puerta del ojo espiritual, deja atrás todo apego a la materia y al cuerpo fisico y accede a las infinitudes interiores del reino de Dios.

Los tejidos del cuerpo físico están constituidos por células; el tejido del cuerpo astral se compone de vitatrones- unidades inteligentes de luz o energia vital-. Cuando el ser humano se encuentra en el estado de apego al cuerpo, caracterizado por la tensión o contracción de la energía vital que se transforma en los componentes atómicos, los vitatrones del cuerpo astral se compactan y permanecen confinados a causa de la identificación con la forma física. A través de la relajación metafísica, la estructura vitatrónica comienza a expandirse: las ataduras de la carne, que mantienen sujeta la identidad, se sueltan.

Por medio de la meditación cada vez más profunda, el cuerpo astral de energía se expande y supera los límites del cuerpo físico. Dado que el cuerpo vitatrónico pertenece a una esfera de existencia que no está sometida a la restricción ilusoria del mundo físico tridimensional, tiene la capacidad de unificarse con la Energía Cósmica que impregna el universo entero. Dios en su aspecto de Espíritu Santo (la Vibración Sagrada) es la Luz de la Energía Cósmica; el hombre, hecho a imagen de Dios, está compuesto de dicha luz. Somos esa Luz que se ha compactado y, asimismo, somos esa Luz de nuestro Ser Universal.

Como primer paso para entrar en el reino de Dios, el devoto debe sentarse quieto en la postura correcta de meditación, con la espina dorsal erguida, y tensar y relajar el cuerpo, ya que la relajación libera la conciencia de su confinamiento en los músculos. El yogui comienza con la práctica apropiada de la respiración profunda: inhalando y tensando todo el cuerpo, exhalando y relajando; este procedimiento lo repite varias veces. Con cada exhalación debe desecharse todo movimiento y tensión de los músculos, hasta alcanzar un estado de quietud corporal. Después, mediante la práctica de técnicas de concentración, se elimina la inquietud mental. En el estado de perfecta quietud del cuerpo y de la mente, el yogui disfruta la paz inefable conferida por la presencia del alma. En el templo del cuerpo reside la vida; en el templo de la mente, la luz; en el templo del alma, la paz. Cuanto más profundamente se adentre en el alma, mayor será la paz que sienta: ese estado es la supraconsciencia. Cuando por medio de la meditación más profunda el devoto amplía su percepción de la paz, y siente que su conciencia se expande junto con esa paz por el universo entero y que todos los seres así como toda la creación se encuentran inmersos en ella, está entrando entonces en la Conciencia Cósmica. Siente esa paz por doquier- en las flores, en cada ser humano, en la atmósfera-. Ve que la tierra y la totalidad de los mundos flotan como burbujas en ese océano de paz.

La paz interior que primero experimento el devoto en la meditación es su propia alma; la inmensa paz que siente cuando profundiza aún más es Dios. El devoto que experimenta la unidad con todas las cosas ha establecido a Dios en el templo de su infinita percepción interior.

En el templo del silencio,

En el templo de la paz,

Te encontraré, te sentiré, te amaré.

Y al altar de mi paz Tú vendrás.

En el templo del samadhi,

En el templo de la dicha,

Te encontraré, te sentiré, te amaré.

Y al altar de mi dicha Tu vendrás.

Al disiparse los pensamientos inquietos, la mente se convierte de inmediato en un sagrado templo de paz. Dios insinúa su presencia en el templo del silencio y luego en el templo de la paz. El devoto le conoce primero como la paz que fluye de aquel estado mental en que todos los pensamientos se han transformado en sentimiento intuitivo puro; con el amor de su corazón, conmueve al Señor y le siente como gozo; su amor puro persuade a Dios para que se manifieste en el altar de su percepción de la paz. A medida que avanza, el devoto es consciente de Dios no sólo en la meditación, sino que le mantiene en todo momento en el altar de paz de su corazón.

En el templo del samadhi – la unidad con esa paz que constituye la primera manifestación de Dios en la meditación-, el devoto descubre un estado de dicha eternamente renovada, un gozo que jamás se extingue. La dicha es un estado mucho más profundo que la paz. Así como una persona muda que bebiera néctar se llenaría de deleite con su ambrosíaco sabor aunque no pudiera describirlo con palabras, así también el éxtasis de la dicha que se percibe en el templo del samadhi lleva a quien lo experimenta a un estado de callada elocuencia. Sólo ese gozo puede satisfacer el innato anhelo del corazón humano. Por medio de la paciente y persistente meditación, día tras día y año tras año, el devoto reclama amorosamente de su Señor: “¡Ven a mí como gozo en la unión del samadhi y permanece por siempre en mi corazón, en el altar de la dicha!”. Cuando en nuestro corazón, y en armonía con los corazones de todos aquellos que aman a Dios en el templo interior del silencio y de la dicha, nos regocijamos en el gozo de nuestro único Bienamado, ese gozo unificado crea un vasto altar de Dios.

Le atañe al hombre como alma practicar ese silencio interior y encontrar a Dios ahora. Mientras emplea sus sentidos en el cumplimiento de las exigencias de la vida diaria, el devoto conserva dentro de su conciencia este pensamiento: “Estoy sentado en el trono de paz del silencio interior”. En medio de la actividad, permanece en un estado de recogimiento interno: “Soy el dios del silencio sentado en el trono de cada acción”. Su ecuanimidad no se ve afectada por sentimientos ingobernables: “Soy el príncipe del silencio sentado en el trono del equilibrio”. Su verdadero Ser, en perfecta armonía con la eternidad, en la vida y en la muerte, expresa con júbilo: “Soy el soberano de la inmortalidad que reina en el trono del silencio. La destrucción del cuerpo, las ofensas del engaño infligidas al alma, los imperativos de la inquietud y las tribulaciones de la vida no son más que dramas que estoy representando y contemplando como un divino entretenimiento. Tal vez actúe por cierto tiempo, pero siempre, desde el refugio de mi silencio interior, observo con el calmado gozo de la inmortalidad el desarrollo del guión de la vida”.

Si durante la práctica de la meditación el devoto llama una y otra vez a las puertas del silencio, Dios responderá: “Entra. Te hablé en susurro a través de todos los disfraces de la naturaleza y ahora te digo: soy el Gozo, la Fuente viviente del Gozo. Báñate en mis aguas- lava con esas aguas tus hábitos y purifícate de todo temor-. Forjé un bello sueño para ti; mas, hijo mío, hiciste de él una pesadilla”. Dios no desea que sus hijos continúen siendo hijos pródigos, sino que representen sus papeles en la vida como inmortales, a fin de que al abandonar el escenario de esta tierra pueden decir: “Padre, fue un hermoso espectáculo, pero ahora estoy listo para regresar a mi Hogar”.

Es un pecado contra la naturaleza divina del alma pensar que no existe la posibilidad de ser feliz, y abandonar toda esperanza de hallar la paz; hay que desenmascarar estos pensamientos, considerándolos como errores psicológicos que se originan cuando Satanás interfiere en la mente humana. La felicidad y la paz infinitas están siempre al alcance de la mano, justo detrás de la cortina de ignorancia del hombre. ¿Cómo sería posible que le fuera vedado por siempre a un ser humano el acceso al reino de Dios, si ese divino reino se halla precisamente dentro de él? Lo único que debe hacer es darle la espalda a la oscuridad del mal y seguir la luz de la bondad.

La felicidad se encuentra tan próxima a nosotros como nuestro propio Ser; no se trata siquiera de alcanzarla, sino sólo de levantar el velo de la ignorancia que envuelve al alma. La palabra misma “alcanzar” implica algo que uno desea pero que no posee, lo cual es un error metafísico. La dicha es el divino e irrevocable derecho de nacimiento de cada alma. Rasga ese velo que se interpone entre tú y Dios, y experimentarás de inmediato el contacto con la suprema felicidad. El Espíritu es felicidad. El alma es el reflejo puro del Espíritu. El ser humano apegado al cuerpo no puede percibir esta verdad, porque su conciencia está distorsionada: el lago de su mente se agita sin cesar por la invasión de pensamientos y emociones. La meditación aquieta las olas del sentimiento (chitta), de modo que la imagen de Dios como alma gozosa puede reflejarse con claridad en su interior.

La mayoría de los principiantes en el sendero que conduce hacia el divino reino interior comprueban que al meditar son presa de la inquietud. Esa es la guarida de Satanás. El devoto debe escapar por medio de la devoción y de la perseverancia en la práctica del yoga. “Toda vez que la voluble e inquieta mente se extravíe –cualquiera que sea la razón- debe el yogui retirarla de las distracciones y volverla a poner bajo el exclusivo control del Ser. Sin duda alguna, la mente es voluble y ardua de gobernar, pero a través de la práctica del yoga y el desapasionamiento, ¡oh, Arjona!, la mente puede controlarse, a pesar de todo. Esta es mi promesa: aunque para el hombre indisciplinado la meta del yoga es difícil de alcanzar, aquel que se domine a sí mismo, esforzándose mediante los métodos apropiados, la logrará”.

Es preciso desarrollar el hábito de mantenerse interiormente en la calmada presencia de Dios, a fin de conservar ese estado mental de manera constante, noche y día. El esfuerzo vale la pena, ya que vivir en la conciencia de Dios es terminar con la esclavitud de la enfermedad, del sufrimiento y del temor. Permanece, simplemente, en la compañía de Dios; esa es la única finalidad de la vida. Si uno toma la resolución de no irse a dormir por la noche hasta haber meditado y haber sentido la Divina Presencia, descubrirá en su vida una felicidad que supera toda expectativa. Es necesario hacer el esfuerzo, pero ese esfuerzo nos convierte en reyes sentados en el trono del reino de la paz y del gozo. El tiempo que emplea el hombre en la búsqueda de objetos materiales ajenos a su verdadero Ser es un derroche de las valiosas oportunidades que posee de conocer a Dios. Te digo esto desde el fondo de mi alma: bienaventurado aquel que toma la determinación de no descansar jamás hasta encontrar a Dios.

Experimentar una felicidad interior que perdura sin estar condicionada por influencias externas es prueba evidente de que Dios ha respondido con su presencia. El único modo de avanzar hacia la comunión divina es meditar con regularidad y con profunda concentración y devoción. La meditación de cada día debe ser más profunda que la del día anterior. El devoto que convierte la búsqueda divina en un asunto de primordial importancia hallará eterna seguridad en el reino de Dios; ni el más leve asomo de preocupación o de aflicción puede cruzar el umbral de este santuario de silencio donde a nada se le permite entrar, salvo al bienaventurado y amoroso Padre-madre Dios.

Aquel que haya dentro de sí el “amparo del Altísimo” permanece envuelto en la felicidad suprema y la seguridad divina. Ya sea que se encuentre rodeado de amigos, o esté durmiendo o trabajando, reserva ese sitio exclusivamente para Dios. Con la conciencia centrada en el Señor, ve descorrerse de súbito los velos concéntricos de maya; henchido de gozo, el devoto comprueba que Dios juega con él al escondite en los capullos de las flores; ve que las estrellas brillan con Luz aún más resplandeciente y que el cielo sonríe con la inmensidad del Infinito. Cuando sus ojos se hallan espiritualmente abiertos, el devoto contempla que los ojos del Infinito le observan a través de todas las miradas. En el fondo de todos los amores humanos, siente el supremo amor de Dios. ¡Cuán maravillosa se torna la existencia cuando todos los disfraces de Dios quedan a un lado y el devoto se encuentra cara a cara con el Infinito, en la bienaventurada unidad de la comunión divina!

Permanece por siempre embriagado con el Ser Divino y permite que la ola de tu conciencia repose en todo momento en el seno del Océano Eterno. Cuando uno patalea y chapotea en el agua, no es muy consciente del océano, sino más bien del esfuerzo que está realizando. Por el contrario, cuando uno se entrega y se relaja, el cuerpo flota y, en tal estado, siente que el mar entero lo acaricia. Ese es el modo en que el devoto que se halla en calma percibe a Dios: siente que el universo entero de la Divina Felicidad se mece suavemente bajo su conciencia.

El Reino de Dios está dentro de ti; El está dentro de ti. En el fondo de tus percepciones, de tus pensamientos, de tus sentimientos, justo allí se encuentra El. Cada partícula de alimento que ingieres y cada soplo de aire que inhalas es Dios. No vives gracias a los alimentos ni al oxígeno, sino gracias a la Palabra Cósmica de Dios. Todos los poderes que utilizas, ya sean mentales o de acción, los has recibido de Dios. Piensa en El todo el tiempo-antes de actuar, mientras llevas a cabo tus actividades y una vez que las hayas finalizado-. Al cumplir con tus responsabilidades hacia los demás, recuerda sobre todas las cosas tu deber hacia Dios, sin cuyo poder delegado en ti no te sería posible cumplir con responsabilidad alguna. Percíbele oculto en los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Siente su energía en los brazos, las piernas y los piés. Siéntele como vitalidad en cada exhalación o inhalación. Siente su poder en tu voluntad, su sabiduría en tu cerebro, su amor en tu corazón. Dondequiera que percibas conscientemente la presencia de Dios, se desvanecerá la ignorancia mortal.

Aquellos que son sabios jamás pasan por alto su diaria cita con Dios en la meditación. Establecer contacto con El se convierte en la apasionada meta de su existencia. Todos los que perseveren con tal clase de sinceridad entrarán en el reino de Dios en esta vida. Quien mora en ese reino es libre por toda la eternidad.

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“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Mateo 7:7-8


Paramahansa Yogananda

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